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Mostrando entradas de julio, 2019

Mi rockero favorito

Era excitante verle escuchar música, bailaba al ritmo de la canción, fingía una guitarra eléctrica y fruncía el ceño. Me encantaba verle, era como estar en el paraíso. Aún recuerdo las canciones que me cantaba cuando estaba triste, solo por hacerme reír. Eso me gustaba de él, su facilidad para ser feliz, para hacerme feliz. Recuerdo que se levantaba de la cama y encendía la radio, la cadena de rock nunca podía faltar. Me daba un beso en la frente y empezaba a cantar mientras preparaba el desayuno. Guardo aun todas las notitas que me escribía en el desayuno . <<A mi fan número uno, a la que más quiero>> . Me alegraba la vida verle mover su precioso torso hacía para sacarme a bailar en la habitación. Era mágico. Siempre le llame rockero, le decía que era mi favorito; y le encantaba. Decía que se sentía fuerte para presentarse a los castings. Los castings, los horribles castings. Uno de ellos le apartó de mi lado como le echo de menos, joder. Recuerdo ese día como si fue...

Amor es amor

La abuela siempre decía que el amor es amor, que no importaba nada más. Ni el color. Ni la raza. Ni el sexo. Para ella, el amor era libre y así lo manifestaba cuando besaba a su novia en la boca. Mamá la reprendía, decía que aquello no era correcto, que había niños delante; pero a mí no me importaba que la abuela diese besos, a mí también me daba besos. En las reuniones familiares siempre discutía con mis otros abuelos, les llamaba carcas cuando hablaban de política e igualdad. Yo me unía a la lucha de mi abuela, y mama me regañaba, pero la abuela decía que ella no lo entendía, que se había quedado atrás, pero que ella la quería igual porque eso era lo importante, quererse a pesar de las diferencias, a pesar de los gustos de la gente, a pesar de a quien quieras amar. Cuando crecí y la abuela nos dejó, entendí porque besaba a su novia en la boca; pero aquello no me hizo cambiar de opinión. El amor, seguía siendo amor.

Las caras de una moneda

La mujer se arreglaba frente al espejo de su habitación, se retocaba el pintalabios, aquel que a su marido tanto le gustaba. Se había vestido con sus mejores galas, con la lencería más sexy y con el vestido más elegante. Quería impresionarle, quería hacerle ver que aun que hubiesen pasado veinte años, ella seguía amándolo como cuando eran unos críos. Como cuando el amor era algo fácil. Mientras tanto en la otra punta de la ciudad, su marido disfrutaba entre las largas piernas de otra mujer. Gimiendo, besando, deseando; y olvidando. Olvidando que un corazón que bombeaba de amor por él, le esperaba en casa. Olvidando todas aquellas promesas que se habían hecho cuando eran críos. Olvidando que el amor era cosa de dos. Olvidando todos aquellos años juntos.
Éramos un desastre. No hacíamos nada bien juntos, salvo discutir y  follar. Discutíamos tanto, tan fuerte, tan alto, que a veces, volaban palabras de las que más tarde, nos arrepentíamos. Follábamos duro, fuerte, como dos salvajes. Intentábamos solucionarnos a base de polvos, a base de no hablar. Nos conocimos en la tierra, pero siempre nos sentimos de mundos distintos. Hay veces en las que me sorprende que todo acabase, que las cosas llegasen a poner tan difíciles. Tan complicadas que un polvo solo nos hería mas, que una caricia siempre parecía la última. Vivíamos con el miedo a derrumbarnos, a que uno de los dos le pusiese fin, pero ninguno quería. Aun que acabo ocurriendo, pasamos de pillarnos a querernos olvidar, de suspirar bajo las sabanas a no querernos ni hablar. De querernos sin parar a no soportarlo más.

Ella

Se reía de la noche, del día, de la luna. Se reía de las calles. Se reía del tiempo. Se reía de la vida. Se reía de ella, de ti, de mí. Se reía. Se pasaba la vida riendo y yo contemplando su risa, sus maneras, su sonrisa. Ese dulce tono que aún me atormenta por las noches. No recuerdo si quiera si era rubia o morena pero aquel sonido no consigo sacármelo de la cabeza. Me persigue. Me atormenta.

Tu boca

Me volvía loco besarte. Saborear aquellos dulces labios. Sabias a fresas, a manzanas, a frutos rojos… a la fruta prohibida. Me encantaba su estructura, el de abajo más relleno que el de arriba, pero lo mejor era la forma de corazón. Eran tentadores, arrebatadores. Esa boca me volvió loco en el primer momento en el que vi cómo me sonreías. Tu sonrisa era preciosa. No era una sonrisa de anuncio, tenía sus defectos, pero eso la hacía perfecta. Única. Era tan cálida que cada vez que me sonreías me sentía el hombre más afortunado del mundo. Era como montar en una montaña rusa y superar el vértigo; porque eso es lo que yo sentía cuando estaba contigo. Vértigo. Miedo. Terror. Me daba miedo que algún día dejases de dedicarme esas sonrisas, que ya no fuesen por mí. He besado muchos labios. He saboreado. He mordido. He visto. Pero ninguna era comparable con tu boca. Era como besar el cielo. Como un día de verano. Como un caramelo para un niño. Más de una vez he intentado explicar la sensac...

Aquella sensación

Me sentía en el jodido cielo y a la vez mareada. Sabía que aquello no estaba bien, pero no podía evitar que me besase porque lo deseaba tanto como él. Sus labios eran suaves y sus besos profundos y llenos de sentimientos no mencionados. Sus manos bailaban por todo mi cuerpo, tocando, arañando, acariciando. Mis manos no se quedaban atrás, ya que habían empezado a desabrocharle la camisa. Nuestras respiraciones se mezclaban entre los jadeos y gemidos que salían de mi garganta al sentir sus manos por debajo de mi ropa.

Sentirse completa

Ella quería un amor lento, un amor que no se caducara con el amanecer de los días. Ya había probado los amores rápidos. Sabía que eran explosivos, atrayentes; que te hacían sentir guapa, deseada y admirada. Pero también sabia, que aquello solo duraba unas horas, después volvía a sentirse sola y vacía. Quería un amor que fuese correspondido, que la diese de la mano por la orilla de la playa, que la acompañase a cenas interminables con sus tías, que nunca se cansase de repetirla lo mucho que la quería. Ella quería un amor lento, pero no llegaba. Ella quería un amor lento, pero se abandonaba todas las noches en las manos de hombres que solo la querían unas horas. Ella quería un amor lento, un amor que la hiciese vibrar, que la hiciese bailar, que la completase.

Un Domingo cualquiera

El brillo de sus ojos era todavía más intenso que el de todas las estrellas juntas. No era el color, eso no tenía importancia, aun que te recordasen a los jardines en primavera. Era su mirada. Su esencia. La manera en la que expresaba todas y cada una de sus expresiones en aquellos dos iris (luceros). Y qué decir de cómo me veía yo reflejado, cuando vi cómo me miraba, cómo me sentía… dejé de mirarme en los espejos para mirarme en sus ojos. Desde ellos el mundo se veía menos feo, los problemas del día a día se hacían amenos porque ella iluminaba el camino con su luz. Jamás me perdí yendo de su mano, ella guiaba mis pasos. No había día que me quedara despierto hasta que ella cerrase los parpados. No quería, no podía, dejar de mirar sus ojos. Me atraían como un imán atrae al metal. Ella se reía de mi cuando comparaba sus ojos con los canticos de las sirenas que guiaban a los marineros por el agua. Y joder, todavía estaba más preciosa cuando reía. De sus ojos saltaban chirivías de feli...

Alas

Esas alas de plástico servían para volar, para escapar, para ir a un lugar donde el mundo no estuviese en guerra. Las había encontrado entre los escombros de otra de las casas bombardeadas por los militares y no había dudado ni un segundo en cogerlas. Sabía que solo era un mero disfraz, pero, aun así, cuando se lo ponía se imaginaba a sus padres, en una bonita casa esperándola para comer su plato favorito. Cuando se las ponía se sentía fuerte, fuerte para luchar y escapar de aquel lugar de dolor y tempestad. Aquellas alas, servían para volar, servían para escapar, servían para ser libre.
La odio. La odio como nunca creí que se podía odiar a alguien. Odio su risa, como llenaba de sonido mi destartalada casa. Odio sus labios, como formaban aquella sonrisa perfecta cada vez que me tenía cerca, cada vez que la tocaba. Odio sus ojos, como me miraba sabiendo que veía más allá de lo que quería que viese. Odio su pelo, como se veía esparcido por mi almohada cada vez que dormía junto a mí. Odio todo de ella. Odio odiarla. Odio quererla. Odio echarla de menos, pero más me odio a mí por perderla. La odio por haberse marchado, me odio por haber dejado que se fuese, sin luchar sin impedírselo. La odio porque ya no puedo tenerla. La odio porque ya no volverá a ser mía. Pero me odio por odiarla. Me odio por quererla. Me odio por haberla perdido. 

No lo vi venir

Era una tarde de invierno. Una de esas en las que preferirías estar en casa que en la calle, pero aun así allí estas pasando frío. Un frío de cojones, de esos que te congelan hasta los dedos de los pies, pero entonces apareció. Llevaba un gorro de lana que no encajaba muy bien con su vestimenta de chica formal y adulta. Yo creo que fue una de las razones por las que me quede embelesado, ese gorro, la hacía tan frágil y a la vez tan dura. Desde ese instante me di cuenta de que todas aquellas cosas que pensaba sobre caer en el amor eran una tontería, no había manera de evitarlo. No se podía luchar contra ello. Me pilló desprevenido.

Mi corazón no quiere escucharte

Has vuelto después de todo el dolor que tuve que soportar tras tu pérdida. Has vuelto después de todo el daño que causaste. Has vuelto después del caos en el que se convirtió mi vida. Te fuiste un día sin que nadie te lo pidiese, más bien te supliqué que te quedaras, que no me dejases sola frente a este mundo. Pero te marchaste, te fuiste sin mirar atrás, sin pensar en las consecuencias de tu huida. No hubo día en el que mi corazón no te echase de menos. Mi cabeza me pedía que siguiese adelante, pero este no quería. Hubo noches en que mi corazón lloraba mientras mi cabeza consolaba un dolor del que tú eras el causante. Aquellas noches, derivaban a días grises en los que las ojeras fueron el mejor complemento para la tristeza que sucumbía en mi interior. Los días se me hacían enteros porque mirase donde mirase, allí estabas tú. Te encontraba en todas partes. En las paredes de la habitación. En los programas del televisor. En las comidas con nuestros amigos. En todas partes. Había ...

A salvo

Cuando se ausentaba de casa. Cuando no volvía pronto a casa. cuando no cogía mis llamadas. Cuando no contestaba a mis mensajes. Sentía miedo, terror, angustia. Deseaba salir a buscarla, a mi hija, mi pequeña. Veía en las noticias tantos titulares sobre el daño que nos hacían que se me formaba un nudo en el estómago cada vez que la veía salir por la puerta. Era tal el pánico que vivía en mi interior, que la esperaba despierta y no dormía hasta que oía la puerta. Entonces, llegaba a casa. Feliz, hablando y lo más importante, viva. Mi pequeña estaba sana y salva en casa.

Invierno

Un día te das cuenta que el sol ya no brilla como antes, ya no calienta tanto, ya no dura tanto. Un día te das cuenta que las hojas caen, que se han vuelto amarillas e incluso marrones, que los arboles están quedándose vacíos. Un día te das cuenta de que ya no quedan niños jugando en la calle, ya no les oyes jugar a fútbol, a las canicas… un día te das cuenta de que esa persona se ha marchado, con todo lo que trajo con ella. El verano se acaba y tú luchas a contrarreloj para que eso no suceda, es como luchar contra una pared de hormigón. No quieres que termine, que terminen los días de playa, los domingos de ventilador, los días soleados reflejados en sus ojos. Luchas, pero tu solo. En el momento en el que te das cuenta, que te percatas de que enfrentarse a la huida del verano es algo imposible, muestras tus miedos, tus preocupaciones, tu temor. La preocupación de no volver a sentirte como los rayos de sol. El temor a que los días se vuelvan grises tanto por fuera como por dent...

Acabé disparándote

Decías que te gustaba bailar bajo la lluvia, que era como estar en una de tus películas favoritas; y yo te seguía. Te seguía a todas partes. Me encantaba la inocencia con la que caminabas, me encantaba lo atrevida que eras, que supieses que ahí estaba yo para curarte las heridas. Eras tan natural como follar a pelo, con tu sonrisa burlona y aquellos ojos que siempre veían lo mejor de mi aún que yo no fuese capaz. Te prometí que te cuidaría, que te protegería de las balas, pero acabé disparándote. Te merecías todo y un poquito más, pero no supe verlo. Eras tan frágil que asustaba enamorarse, y yo estaba cagado de miedo.

Eternos

Sé que hace ya bastante tiempo que te has marchado, pero no evita que aun te eche de menos. Ni tampoco que los días sin ti sean mejores. Al principio de tu marcha sentí un dolor desolador en mi pecho, pero no por mi sino por ti. Siempre supe lo mucho que te gustaba estar aquí, con nosotros. Sobre todo, con la abuela. Aún recuerdo todas esas historias que me contabas sobre tu juventud. Las miles de aventuras que vivías junto a tu amigo Miguel. Aquellas palabras se me quedaron grabadas en mi memoria el día que me contaste aquella divertida tarde en la que os dedicasteis a tirar huevos desde la ventana. Os pillo la vecina del quinto y lo primero que salió de tus labios fue: jodido Miguel, jodidas ideas, jodido yo por hacerte caso.   Mientras me las relatabas intentabas aparentar el enfado que te suponía haber sido pillado, pero tú y yo sabíamos que jamás te arrepentiste de librar las batallas a su lado. Aún recuerdo todos esos fines de semana en los que según iba creciend...

Amor de verano

El último día de vacaciones era triste. Nadie quería volver a la rutina. Ella tenía miedo de que el invierno la separase de su rollete de vacaciones. Él, tenía la seguridad de que eso no pasase. Habían estado quedando en las noches de verano. Besándose, tocándose, enamorándose. El último día de vacaciones era duro, pero aquello no importaba si conseguían permanecer juntos. Como en aquellas tardes, donde el sol era testigo del amor que les unía Una vez todo guardado. Ella temía que también tuviese que guardar su corazón. Pero él no la dejó. La quería en verano, y en todas las estaciones.