Eternos
Sé que hace ya bastante tiempo que te has marchado, pero no evita
que aun te eche de menos. Ni tampoco que los días sin ti sean mejores.
Al principio de tu marcha sentí un dolor desolador en mi pecho,
pero no por mi sino por ti. Siempre supe lo mucho que te gustaba estar aquí,
con nosotros. Sobre todo, con la abuela.
Aún recuerdo todas esas historias que me contabas sobre tu
juventud. Las miles de aventuras que vivías junto a tu amigo Miguel. Aquellas
palabras se me quedaron grabadas en mi memoria el día que me contaste aquella
divertida tarde en la que os dedicasteis a tirar huevos desde la ventana. Os
pillo la vecina del quinto y lo primero que salió de tus labios fue: jodido
Miguel, jodidas ideas, jodido yo por hacerte caso. Mientras me las relatabas intentabas
aparentar el enfado que te suponía haber sido pillado, pero tú y yo sabíamos
que jamás te arrepentiste de librar las batallas a su lado.
Aún recuerdo todos esos fines de semana en los que según iba
creciendo me apetecía menos ir a veros a ti y a la abuela. Tonta de mí, que aún
no sabía que el tiempo es traicionero y todo se lo lleva. Me acuerdo de las
tardes de los sábados, de tu butaca verde favorita, del gato de la abuela
liando alguna de las suyas, de las películas del Oeste que echaban en la sexta
y de los melodramas de la uno que tanto le gustaban a la abuela.
Nunca olvidare las veces que mis padres me regañaban por ser mala
estudiante y ahí estabas tú, siempre, para defenderme. Para ti una nota no
media la inteligencia de las personas. Constantemente me recordabas que a ti no
te hacían falta unas notas altas para que te sintieses orgulloso de tu nieta.
Tu y yo sabíamos que a mí me iba más la aventura que los libros, por eso
siempre me llevabas a vivirlas. Eras mi fiel compañero de hazañas y aun no
consigo encontrar a nadie que consiga estar a tu altura. Ni lo encontraré.
Solo pude disfrutarte unos años, al igual que a la abuela que
acabó reuniéndose contigo. Aunque parezca mucho tiempo, nunca fue el suficiente
ni lo será. Cuando te fuiste me enfade contigo por dejar a la abuela, por
dejarme a mí, por dejarnos. Hoy en día sigo enfadada, pero no contigo, si no
con la vida por no permitiros que fueseis eternos. Por no permitirme seguir
disfrutando de tus historias, de tus broncas, de tus abrazos. De ti.
A veces veo a niños con sus abuelos en los parques y me acuerdo de
ti. Cuando me enseñaste a montar en bicicleta, suplicándote que por favor no me
soltases que tenía demasiado miedo y me repetías una y otra vez que jamás me
soltarías que siempre estarías a mi lado. Y sé que aun que físicamente ya no te
encuentres aquí, sí que estas. Estas en cada uno de los corazones que te
querían. En cada uno de tus hermanos. En cada uno de tus hijos. En cada uno de tus
nietos.
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