Un Domingo cualquiera


El brillo de sus ojos era todavía más intenso que el de todas las estrellas juntas. No era el color, eso no tenía importancia, aun que te recordasen a los jardines en primavera. Era su mirada. Su esencia. La manera en la que expresaba todas y cada una de sus expresiones en aquellos dos iris (luceros). Y qué decir de cómo me veía yo reflejado, cuando vi cómo me miraba, cómo me sentía… dejé de mirarme en los espejos para mirarme en sus ojos. Desde ellos el mundo se veía menos feo, los problemas del día a día se hacían amenos porque ella iluminaba el camino con su luz. Jamás me perdí yendo de su mano, ella guiaba mis pasos.
No había día que me quedara despierto hasta que ella cerrase los parpados. No quería, no podía, dejar de mirar sus ojos. Me atraían como un imán atrae al metal. Ella se reía de mi cuando comparaba sus ojos con los canticos de las sirenas que guiaban a los marineros por el agua. Y joder, todavía estaba más preciosa cuando reía. De sus ojos saltaban chirivías de felicidad. De fantasía. De amor por mí.
Todos los días me sentía complacido de saber que el amor que se reflejaba en aquellos ojos era por mí. Solo por mí. Yo era capaz de hacer que ella fuese feliz. Solo con ello yo ya daba satos de felicidad. Ella siempre me llamó exagerado por alabar sus ojos, pero ella jamás los vio transmitir lo que necesitaba en cada momento. Estaba tan absorto en ellos que el día que empezaron a apagarse fui el primero en saberlo.
Todo empezó un domingo. Un domingo cualquiera. De esos en los que te levantas y te encuentras acompañado. Su mirada era esquiva. Su brillo era oscuro. Su amor era lejano. Pensé que me habría confundido, que con el sueño no me habría fijado bien en sus ojos y estaba confundiendo emociones. Iluso de mí.
Pasaban los días. Cada día era como apagar una ciudad entera. No había luz. No había expresiones. No había sentimientos. Ya no quedaba casi amor. Me esquivaba cada día más y me hablaba cada día menos. Ya no compartíamos las noches de invierno, ni de verano, ni de ninguna de las estaciones. Algo estaba cambiando. Me comía el coco día y noche recordando que había hecho mal para que aquellos ojos se apagasen. Había perdido mi luz. Mi guía.
El día que descubrí que sus ojos ya no brillaban para mi sino para otro fue el día en el que los míos se llenaron de agua durante días. Vivía a oscuras esperando que llegase y lo iluminase todo. Tenía la esperanza de que todo volviese a empezar. De que nada hubiese cambiado. Empecé a pasar los días solo. Sin amigos. Sin familia. Sin ella. Solo quería encerrarme en la oscuridad y recordar y todos y cada uno de los momentos en los que me miró. Descubrir cuál fue el día en el que había dejado de quererme. Fue tan desgarrador ver como todo mi mundo se venía abajo que me prometí que jamás volvería a enamorarme de unos ojos.

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