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Mostrando entradas de agosto, 2019
Te observo desde el escritorio de la habitación. Duermes, duermes plácidamente. Duermes como alguien que se ha pasado la noche en vela, como alguien que se ha pasado la noche follando. Tus vaqueros hace horas que no sé dónde se encuentran. En cambio, tu camiseta adorna mi cuerpo mientras te observo. Mi ropa interior cuelga de la lámpara de la mesita de noche, decías que creaba un ambiente más romántico. Era tu excusa para poder follar como salvajes, como si no existiese un mañana aun que implicase tirar la ropa por los aires. Pero así era como vivíamos nosotros. Salvajes. Alocados. Siempre sin rumbo. Te observo dormir en la cama que compartimos y doy gracias a tu madre por comprarnos un colchón pequeño, así por las noches te tengo más cerca. Así por las noches sé que estás ahí.

Aquel viejo sofá

Miro el viejo sofá que ahora yace junto al contenedor. Es de dos plazas, casi no teníamos sitio cuando venían visitas; pero nosotros conseguíamos acoplarnos. Es de un color verde espantoso, que nunca encajó con la decoración de la casa; pero no importaba. Era nuestro.  Miro el viejo sofá que ahora yace junto al contenedor, donde compartíamos una vida juntos. Sonrisas. Caricias. Besos. Muchos besos. Allí te desnudé por primera vez y ya nunca dejé de hacerlo. Te dije que te quería mientras tu discutías con la play . Vimos nuestra primera película, aunque solo viésemos diez minutos. Todas las buenas noticias nos las contábamos en aquel viejo sofá. Cuando te ascendieron en el trabajo. Cuando tu madre salió del cáncer. Cuando mi hermana volvió con su novio. Cuando nos dimos cuenta de que queríamos estar juntos.  Miro el viejo sofá que ahora yace junto al contenedor, y las lágrimas ruedan por mis mejillas. Aquel viejo sofá fue testigo de cómo un día dijiste que en tu interior ya n...

Diferencias

Éramos tan diferentes. Veníamos de mundos completamente distintos. Ella venía de su palacio en la Finca, mientras que yo… yo vivía el día a día. Sabía que para mí no había futuro en el ella encajase, no podía arrastrarla a mi mundo, a mi oscuridad. Hubo un tiempo en el que nunca me importó no saber lo que era querer a alguien, estar enamorado, vivir por y para alguien. Me parecían tonterías, meros cuentos de hadas como los que leía una y otra vez mi hermana. Pero entonces la vi. Estaba preciosa bajo las luces de la discoteca, con aquel vestido blanco que desde aquel monto supe que sería mi perdición. Parecía un ángel en aquella sucia y mal oliente fabrica del extrarradio. No podía apartar la mirada era un ser de luz que hipnotizaba. Desde aquella vez no volví a separarme de ella. Me sentía atraído como un jodido imán. Solo con verla una ola de calor inundaba mi cuerpo, reconfortándome. Cuando me besaba alcanzaba el cielo. Cuando me hundía en ella me sentía el jodido Dios. Nunca...

Lo único que tengo

Amor: Te escribo a ti porque eres lo único que tengo en mi cabeza desde que te vi. Te escribo a ti porque eres lo único que me hace desconectar de este oscuro mundo. Te escribo a ti deseando tenerte a mi lado. Te escribo a ti. A tus virtudes. A tus fallos. A tus ojos. A tu sonrisa. A tus besos. A tus manos… a todo aquello que echo de menos desde que ya no estas. Hay tantas cosas que decir, tantas cosas que rogar. Si tuviese que describir todas las cosas que echo de menos de ti no acabaríamos nunca porque echo de menos hasta lo más insignificante. Parezco un loco hablándole de ti a un folio, como si fueses tú, pero desde que te fuiste, amor, ya no hay nadie con el que hablar. No hay nadie que me de la mano cuando más lo necesito. Así que me encuentro perdido en este inmenso mundo en el que ya no te tengo ara que me guíes con tu luz. Para que me des la mano cuando ya no pueda seguir. Echo de menos tus ojos. Aquellos de los que nunca tuve palabras concretas para definir. Eran como...

y entonces

Miro como se consume el cigarro en mi mano, mientras espero a que tu recuerdo también se consuma. A que el dolor se lo lleve el viento como a las cenizas del cigarro. Pero no se va, y entonces, entonces me acuerdo de ti, de mí, de nosotros. Recuerdo tu cuerpo pegado al mío, solo importaba eso. Miro el cielo estrellado, buscando una solución, una respuesta a la guerra entre corazón y cabeza. Pero no la encuentro, y entonces, entonces el dolor me oprime el pecho. Las lágrimas empiezan a caer iluminadas por las estrellas. Cada una de ellas invoca tu recuerdo. Miro mi reflejo en el río. Pero me veo solo y entonces, entonces me doy cuenta de que ya no estas, de que ya no vas a volver. El agua susurra mi nombre para que me lance a ella, pero no salto. No puedo. Aun guardo la esperanza de que aparezcas, pero no lo haces.

Algodón de azúcar

Sujeto entre las manos la fotografía que llevo en la cartera. Es ella. Ella sonriendo y mirando a la cámara. Le brillan los ojos y se la ve feliz. La agarro con más fuerza cuando recuerdo que ya no estaba aquel brillo la última vez que la vi. Todo había cambiado. Aún recuerdo cuando la fotografié. Era junio, un junio muy caluroso; y la llevé a la feria. Sonreía como una jodida niña pequeña, haciéndome sonreír a mi como un idiota sin poder dejar de mirarla. Miraba las atracciones con ilusión, fantaseando con probarlas todas. Nos montamos en la montaña rusa, donde me apretó la mano cuando tuvo miedo. En la noria la besé, la besé como un loco; como si no hubiese un mañana. En los rápidos jugamos a las camisetas mojadas. En los coches de choque, nos acabaron echando por escándalo, pero nosotros éramos así, nos queríamos con el ruido, con el caos.   Huimos corriendo y riendo de aquel pobre feriante que nos amenazaba con llamar a la policía. Llegamos hasta un puesto de algodón de a...

Desafiando a la noche

Se reunían todas las noches en aquel destartalado banco. La pintura estaba medio ida, y las astillas te miraban amenazantes. Pero no les importaba, nada importaba con tal de poder estar juntos se veían allí porque era el único lugar alejado de miradas indiscretas, de palabras que pudiesen llegar a oídos de sus padres. Sus familias siempre habían estado enfrentadas, ellos ni si quiera sabían por qué; tampoco les importaba. Aquello no era relevante cuando de su amor se trataba. Desafiaban a sus familias. Desafiaban a la noche. Desafiaban a la luna. Aquella luna que era testigo de su amor. Aquella luna que los protegía de las sombras de la noche. Había sido testigo de caricias, de pasión, del deseo irrefrenable que sentían ambos cuando se hallaban cerca. Cada uno durante el día vivía su propio infierno personal, pero siempre con la mente en que llegase la hora de escapar por la ventana. Ella sufría con un padre que deseaba haber tenido un hijo; con una madre ausente que desde que te...

Un desierto entre tu y yo

Los camellos estaban agotados, el sol se estaba escondiendo por el horizonte; pero mi corazón me pedía continuar. Te habías marchado una mañana, te habían separado de mi por el color de la piel; cuando lo único que nos importaba eran los latidos de nuestros corazones. Desde aquel día te busco, te lloro y te suplico que vuelvas. Desde aquel día le pido a las noches estrelladas que me indiquen el camino, que me ayuden a encontrarte. Dicen que no es seguro, que no debería cruzar el desierto para buscarte, pero ellos no lo entienden. Ellos no comprenden que más daño me hace tu ausencia. Un desierto se encontraba entre tú y yo, pero ni eso conseguiría que me rindiese, que me separase de ti.
Cuando salía de tu casa, un nudo se formaba en mi interior. Quizá avisándome, quizá intentando que me acostumbrase. Me sentía perdida y el corazón me latía fuertemente, mientras me gritaba que volviese ahí dentro. Que volviese, que te besase, que te besase lento. Pero nunca lo hacía, temía tu rechazo, tus miradas incrédulas. Temía que no fuese correspondido, que me rompieses el corazón y no hubiese beso que pudiese calmar ese dolor. Afrontaba todo aquello con una sonrisa, mientras las ojeras, tras noches sin dormir amenazaban con delatarme. Pero no podía, no podía contar lo que sentía. Aquello suponía arriesgar, arriesgarme a que te fueses de mi vida. Como acabaste haciendo. Y entonces, mi corazón lloraba desconsolado, aquello no se parecía a la sensación que aparecía cuando salía de tu casa. Aquí sabía que ya no volvería a verte, a tocarte, a sentirte.

Tus ojos

Tus ojos. Azules. Verdes. Grises. Amarillos. Nunca tuvimos un color especifico con el que definirlos porque cada día te cambiaban. Eran como un camaleón, pero los tuyos se guiaban por tu estado de ánimo. Sé que te sorprenderá que lo sepa, pero siempre me fijé en cada detalle de ellos, en cada sentimiento que expresabas con ellos. Y es que eras tan transparente… lo veía todo en ellos. Mi color favorito siempre fue el azul porque siempre estas feliz y me mirabas con un amor tan intenso que me sentía afortunado de que me hubieses dejado entrar en tu vida. Aún recuerdo la primera vez que me dijiste que me querías con ellos. No hicieron falta las palabras. Solo con mirarnos a los ojos lo supe. Desprendían tanto amor que pensé que acabarían saliendo corazones de ellos. Tus ojos fueron mi perdición. Aun cerrando los ojos los veía en mi cabeza. Los tenía grabados a fuego. Siempre recordare la primera vez que los vi llorosos. Esa imagen me persigue. Era un día cualquiera de invierno. Ha...