Algodón de azúcar
Sujeto entre las manos la fotografía que llevo en la
cartera. Es ella. Ella sonriendo y mirando a la cámara. Le brillan los ojos y
se la ve feliz. La agarro con más fuerza cuando recuerdo que ya no estaba aquel
brillo la última vez que la vi. Todo había cambiado.
Aún recuerdo cuando la fotografié. Era junio, un junio muy
caluroso; y la llevé a la feria. Sonreía como una jodida niña pequeña, haciéndome
sonreír a mi como un idiota sin poder dejar de mirarla. Miraba las atracciones
con ilusión, fantaseando con probarlas todas.
Nos montamos en la montaña rusa, donde me apretó la mano
cuando tuvo miedo. En la noria la besé, la besé como un loco; como si no
hubiese un mañana. En los rápidos jugamos a las camisetas mojadas. En los
coches de choque, nos acabaron echando por escándalo, pero nosotros éramos así,
nos queríamos con el ruido, con el caos.
Huimos corriendo y riendo de aquel pobre feriante que nos amenazaba con
llamar a la policía. Llegamos hasta un puesto de algodón de azúcar y nos
apostamos uno en las casetas de escopetas. Ganó ella, pero no la dejé ganar, no
hacía falta. Era jodidamente perfecta en todo aquello que se proponía. La compré
el algodón de azúcar, lo quiso rosa porque decía que le gustaban los clásicos. Entonces,
me giré hacia ella para dárselo, y la vi. El sol la iluminaba haciéndola parecer
una jodida ninfa; sus ojos chispeaban mirando el dulce y no pensé más. La fotografié
deseando que aquel día fuese eterno.
Ahora miro la foto, y me doy cuenta que aquella mirada era
para mí. Y me hundo, me hundo sabiendo que no volveré a ver esas chispas, esos
ojos.
Solo me queda una arrugada y vieja fotografía de su
recuerdo.
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