Te observo desde el escritorio de la habitación. Duermes, duermes plácidamente. Duermes como alguien que se ha pasado la noche en vela, como alguien que se ha pasado la noche follando. Tus vaqueros hace horas que no sé dónde se encuentran. En cambio, tu camiseta adorna mi cuerpo mientras te observo. Mi ropa interior cuelga de la lámpara de la mesita de noche, decías que creaba un ambiente más romántico. Era tu excusa para poder follar como salvajes, como si no existiese un mañana aun que implicase tirar la ropa por los aires. Pero así era como vivíamos nosotros. Salvajes. Alocados. Siempre sin rumbo. Te observo dormir en la cama que compartimos y doy gracias a tu madre por comprarnos un colchón pequeño, así por las noches te tengo más cerca. Así por las noches sé que estás ahí.
Has vuelto después de todo el dolor que tuve que soportar tras tu pérdida. Has vuelto después de todo el daño que causaste. Has vuelto después del caos en el que se convirtió mi vida. Te fuiste un día sin que nadie te lo pudiese, más bien te supliqué que te quedaras, que no me dejases sola frente a este mundo. Pero te marchaste, te fuiste sin mirar atrás, sin pensar en las consecuencias de tu huida. No hubo día en el que mi corazón no te echase de menos. Mi cabeza me pedía que siguiese adelante, pero este no quería. Hubo noches en que mi corazón lloraba mientras mi cabeza consolaba un dolor del que tu eras el causante. Aquellas noches, derivaban a días grises en los que más ojeras fueron el mejor complemento para la tristeza que sucumbía en mi interior. Los días se me hacían enteros porque mirase donde mirase, allí estabas tú. Te encontraba en todas partes. En las paredes de la habitación. En los programas del televisor. En las comidas con nuestros amigos. En todas partes. ...
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