Cuando salía de tu casa, un nudo se formaba en mi interior. Quizá avisándome, quizá intentando que me acostumbrase. Me sentía perdida y el corazón me latía fuertemente, mientras me gritaba que volviese ahí dentro. Que volviese, que te besase, que te besase lento. Pero nunca lo hacía, temía tu rechazo, tus miradas incrédulas. Temía que no fuese correspondido, que me rompieses el corazón y no hubiese beso que pudiese calmar ese dolor.
Afrontaba todo aquello con una sonrisa, mientras las ojeras, tras noches sin dormir amenazaban con delatarme. Pero no podía, no podía contar lo que sentía. Aquello suponía arriesgar, arriesgarme a que te fueses de mi vida.
Como acabaste haciendo. Y entonces, mi corazón lloraba desconsolado, aquello no se parecía a la sensación que aparecía cuando salía de tu casa. Aquí sabía que ya no volvería a verte, a tocarte, a sentirte.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ya hay alguien esperándote

Las caras de una moneda