Desafiando a la noche


Se reunían todas las noches en aquel destartalado banco. La pintura estaba medio ida, y las astillas te miraban amenazantes. Pero no les importaba, nada importaba con tal de poder estar juntos se veían allí porque era el único lugar alejado de miradas indiscretas, de palabras que pudiesen llegar a oídos de sus padres.
Sus familias siempre habían estado enfrentadas, ellos ni si quiera sabían por qué; tampoco les importaba. Aquello no era relevante cuando de su amor se trataba. Desafiaban a sus familias. Desafiaban a la noche. Desafiaban a la luna. Aquella luna que era testigo de su amor. Aquella luna que los protegía de las sombras de la noche. Había sido testigo de caricias, de pasión, del deseo irrefrenable que sentían ambos cuando se hallaban cerca.
Cada uno durante el día vivía su propio infierno personal, pero siempre con la mente en que llegase la hora de escapar por la ventana. Ella sufría con un padre que deseaba haber tenido un hijo; con una madre ausente que desde que tenía memoria su actividad favorita era la botella. Él trabajaba sin descanso para conseguir dinero para sus hermanos; acababa agotado, peor nunca faltaba a sus quedadas nocturnas
Ambos se pasaban las horas, los minutos y los segundos contando el tiempo que faltaba para que el sol cayese de nuevo. Cuando aquello concurría corrían por el sendero sin parar hasta el viejo banco.
Daba igual si hacía frío, si hacía calor; eran capaces de vencer cualquier adversidad que se los pusiese delante, con tal de reunirse. Se pasaban las horas amándose, y cuando estas se consumían se hacían un millar de promesas que deseaban cumplir. Se prometían un futuro. Se prometían escapar de allí. Se prometían irse lejos para que nadie les obligase a separarse. Y rezaban para que alguna vez, aquellas palabras se cumpliesen.
Allí entre el cantar de los grillos, entre los frondosos árboles, entre la luz de la luna; no importaba nada que no fuesen ello dos.  Juntos.

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