Tus ojos
Tus ojos. Azules. Verdes. Grises. Amarillos. Nunca tuvimos un
color especifico con el que definirlos porque cada día te cambiaban. Eran como
un camaleón, pero los tuyos se guiaban por tu estado de ánimo. Sé que te
sorprenderá que lo sepa, pero siempre me fijé en cada detalle de ellos, en cada
sentimiento que expresabas con ellos. Y es que eras tan transparente… lo veía
todo en ellos.
Mi color favorito siempre fue el azul porque siempre estas feliz y
me mirabas con un amor tan intenso que me sentía afortunado de que me hubieses
dejado entrar en tu vida. Aún recuerdo la primera vez que me dijiste que me
querías con ellos. No hicieron falta las palabras. Solo con mirarnos a los ojos
lo supe. Desprendían tanto amor que pensé que acabarían saliendo corazones de
ellos.
Tus ojos fueron mi perdición. Aun cerrando los ojos los veía en mi
cabeza. Los tenía grabados a fuego. Siempre recordare la primera vez que los vi
llorosos. Esa imagen me persigue.
Era un día cualquiera de invierno. Habíamos decidido no vernos
aquella tarde, más bien lo había decidido yo. Pensaba que íbamos demasiado
rápido, que las cosas estaban cogiendo velocidad y la carretera no era tan
larga. Era tan estúpido. Entonces pasó, te hice llorar, te hice sufrir.
Llorabas agarrada a tus amigas en un banco de tu parque favorito. Desconsolada.
Triste. Parecía que te ibas a derrumbar al suelo en cualquier momento. Yo
pasaba por allí, había salido a despejarme, a aclarar las cosas de mi cabeza. A
poner orden entre mi cabeza y mi corazón. Entre la razón y el amor. Te vi. Siempre lo recordaré. Me fijé en ti y
vi las lágrimas resbalando por tu dulce cara y me sentí morir. Algo en mi
interior se rompió. Me acerque corriendo y tú te agarraste a mí. Estuvimos sin
soltarnos días.
Desde aquel día no volvimos a estar separados más de un día. No
podíamos. Nos necesitábamos el uno al otro. Las horas para verte se hacían
demasiado lentas, en cambio las horas a tu lado eran como un suspiro.
Había tanto amor en tus ojos que siempre que hablabas te miraba
ellos. Ni aun cuando nos conocimos fui capaz de bajar la mirada más abajo, me
tenían hipnotizado, abstraído. Era como mirar el océano. Te sentías cálido. En
ellos siempre me vi mejor de lo que era, pero porque ella siempre me vio con
buenos ojos.
Aun echo de menos esa sensación caliente que se formaba en mi
estómago cuando sentía su mirada en mí. Era aterrador a la vez que maravilloso
saber que alguien estaba tan endiente de ti. Echo de menos que cambiasen de
color con tus estados de ánimo, el cambiar aquel gris triste por un azul
radiante. Echo de menos intentar contar las motitas negras que tenías en ellos
y no llegar nunca a acabar por perderme en ellos. Echo de menos no volver a
verlos.
Te echo de menos.
Comentarios
Publicar un comentario