Entradas

Mostrando entradas de junio, 2019

La larga espera

Los árboles del parque comenzaban a perder sus hojas, mientras la muchacha esperaba sentada en el banco. Llevaba horas allí puesta, con la mirada perdida hacia la puerta. Parecía que veía más allá de las verdes verjas. El verano había sido testigo también de su espera, dando paso a un otoño frío, en el que ella seguía allí, quieta, esperando. Su cara cada día reflejaba menos esperanza, pero, aun así, allí estaba. Todos los días. Nadie se atrevía a sentarse en aquel banco, aun que llegasen antes que ella, no querían molestarla y que se rompiese. Porque todo el mundo, sabia y estaba esperando, a que aquello pasase. A que en algún momento rodase una gota por aquellas pálidas mejillas, ahora enrojecidas por el frío otoño. A que la esperanza que se veía reflejada en su rostro, al fin se diese cuenta de que nadie iba a venir. A que su corazón aceptase que lo habían dejado solo, que tenía que seguir su camino, que tenía que dejar aquel banco y volver a la vida. Aunque doliese.

La intimidad de una mirada

La fogata había comenzado. Todos se encontraban sentados a su alrededor. El fuego vibraba con fuerza, como si quisiese escapar de aquel circulo hecho con piedras. Allí sentados, se encontraban un montón de sentimientos, un montón de secretos. Mientras se liaban un canuto cantando a viva voz el himno de aquel verano, dos pares de ojos se miraban entre las anaranjadas llamas. Dos pares de ojos cargados de recuerdos, de sentimientos, de lamentos, de preguntas; luchaban por continuar conectados compartiendo la intimidad de aquella mirada. Se miraban inocentes. Se miraban en silencio mientras temían que los demás escuchasen el bombear de sus corazones.

Lo que nunca sabras

Seguramente esto nunca llegue a ti. Seguramente jamás leas ni escuches estas palabras. Seguramente nada de lo que tenga que decirte te importe ya. Nunca sabrás que mis canciones favoritas eran aquellas que te oía cantar desde la ducha. Nunca sabrás que mi color favorito era el color de tus ojos. Nunca sabrás que lo que yo llamaba magia no era otra cosa que la facilidad que tenía tu sonrisa al hacerme sonreír a mí. Nunca sabrás que todavía me muero por arrancarte la ropa y besar todos y cada una de los rincones de tu piel. Nunca sabrás que sigo yendo cada viernes a escuchar aquel disco de Sabina al bar en el que nos conocimos. Nunca sabrás que sigo esperando que vuelvas. Hace tiempo que ya no se de ti, pero sigo imaginando como seriamos si aún estuvieses. Te imagino a ti, sentada en aquel viejo sillón de mimbre en el que entrabamos a duras penas, pero felices de estar piel con piel. Te imagino a ti, mirándome desde la barra de la cocina esperando ansiosa a que te hiciese el desayu...

La vendimia

Todos los días se veían entre los viñedos. Ella lo observaba de reojo mientras fingía leer literatura. Él perdía la noción del tiempo viéndola caminar. Su jefe le regañaba por distraerse en el trabajo, pero era inevitable. Ella le tentaba como una uva madura y jugosa, como un buen vino al anochecer. Cuando el sol ya caía, se encontraban entre las uvas. Ellas eran testigos, tanto de noche como de día, del amor que se procesaban, de la pasión con la que se acariciaban, con el dolor con el que se despedían. Recorrían las miles de hectáreas que tenía la plantación cogidos de las manos. Imaginaban una vida, para ella, para él, para ellos juntos. Aquellas tierras les permitieron descubrir lo que era el amor. Amar a alguien. Amar la tierra. Amar el vino.

Era un quinqui

Era un quinqui, un bala perdida, un alma libre. Vivía la vida al día, sin preocuparse por el futuro porque decía que su momento era el presente. Le atormentaba el pasado, sus luchas, sus pérdidas, sus lamentos. Llevaba piercings y aún recuerdo como me llevaba al cielo cuando me tocaba con ellos. Era oscuro atrayente, electrizante. Sabia encandilarte y llevarte a su terreno. Se sentía solo, pero aun así te hacía sentir completa, llena, feliz. Desde pequeña escuché historias sobre ellos, sobre sus costumbres. Decían que no debías juntarte con ellos, que te arrastrarían a su dolor, a su oscuridad, pero no pude evitarlo. No pude evitar sentirlo como mío. No pude evitar querer arroparlo y hacer desaparecer aquella mirada melancólica que habitaba en sus ojos verdes. No pude evitar que su nombre jugase entre mis labios cuando él no estaba cerca. No pude evitar ser su diana. Me cantaba canciones, canciones propias. En ellas, no solo escuchaba su voz, si no que su alma lloraba desgarrad...

Tu piel

El mayor deseo de toda persona es viajar, explorar, conocer nuevos mundos, cosas que nos asombren, que nos hagan perder el aliento. Algunos consiguen cumplirlo, hay otros tantos que no, pero luego están los que viajan sin moverse de la cama. Yo entro en ese último grupo. Solo me hacía falta tenerte cerca para sentirme lejos de todo, para sentir que lo imposible era alcanzable, que lo que era difícil contigo era como chasquear los dedos. Aún recuerdo aquella vez, aquel día. Tu y yo. Tu cama, tus sabanas, tu piel. Me hiciste cambiar de galaxia e incluso sospeche que de universo. Solo te hizo falta rozarme, con rozar tu piel yo ya me perdía por el cielo que formaban las constelaciones de tus lunares. Cuarenta y dos lunares. Cuarenta y dos viajes. Cuarenta y dos motivos para ser y estar a tu lado. Nunca olvidare los lugares donde se encontraban, ni mucho menos las maravillas que me mostraban. Nunca me hicieron falta conocer las siete maravillas del mundo porque cada uno de tus luna...

Reencontrarnos

Hoy he vuelto a caer. A caer de nuevo en sus redes, como una mosca en sus telarañas. Allí estaba ella, tal como la recordaba, sonriente. Evité mirarla, pero un poder más grande que mi voluntad, me hizo girarme hacia ella. Allí estaba, tan jodidamente guapa como siempre. No pude volver a apartar la mirada. La recorrí de pies a cabeza, de cabeza a pies. Sus pequeños pies, envueltos por unas delicadas sandalias blancas. Al mirarlos aun podía escuchar como reía cuando le hacía cosquillas. Aquel sonido todavía me tortura llevándome a un tiempo en el que lo tuve todo, peor no fui consciente hasta que no deje de escuchar esa risa, ese dulce sonido. Hoy he vuelto a caer. Se encontraba allí, en nuestro bar. No había vuelto a entrar desde que ella se había marchado. No me había atrevido, pero hoy, hoy algo me había empujado a hacerlo, a entrar. A encontrarla. Sus largas piernas con las que me había rodeado la cadera un millar de veces, mientras le hacia el amor. Mientras la hacía mía. De...

Entre olas

Los arboles empiezan a perder sus hojas, el silbido del viento cada día es más profundo; y el frio cada vez se nota más entre los huesos. El cementerio cada día parece más viejo, como si hubiesen pasado años, en vez de meses, desde la primera vez que vine a visitarte. Tu lapida es bonita, la eligió tu madre, aunque sé que tu hubieses preferido que tiraran tus cenizas a la mar, porque ese era tu mundo. Te escapabas todas las mañanas al amanecer a coger las olas más altas y más fuertes, la tabla de surf era un complemento más en tu vida. Yo te esperaba haciendo el desayuno, y cuando volvías, me lo ponías todo perdido. Arena. Agua. Algas. Pero no importaba, no importaba que dejases la cocina hecha un desastre, si después terminábamos haciendo el amor en el suelo. Había veces en las que el tiempo amenazaba con romperse y te suplicaba que no salieses a la playa, que te olvidases de las olas por unas horas, que te quedases en casa, conmigo. Pero tú nunca cedías, decías que ahí era dond...

Mamá

  Me llamarán para que baje a cenar en familia, porque eso es lo que hacemos. Fingimos que todo sigue igual, que nada ha cambiado; cuando ahora todo es distinto, diferente. Mamá te has ido, y todo sabemos que no volverás, que no hay milagro que lo pudiese conseguir; por mucho que lo haya deseado.   Sé que te prometí que sería fuerte y que cuidaría de todos, de papá, de Olga; y de también de mí. Pero prometértelo fue fácil, porque estabas allí para darme fuerzas. Pero ya no estas. Todas las noches salgo al tejado y te busco entre las estrellas, para que me des fuerzas. A veces lloro, y otras, te grito por irte, por marcharte. Me enfado por tu ausencia, pero también sé que no tienes la culpa. La cena pasa como siempre desde que te marchaste. Olga juega con los guisantes, mientras le da pan por debajo de la mesa al perro. Ella es así, asumió rápido que ya no ibas a estar; y te lloró durante días; pero ya está bien. En cambio, papá finge que todo va bien, que las cosas van a me...