Era un quinqui
Era un quinqui, un bala perdida, un alma libre. Vivía la
vida al día, sin preocuparse por el futuro porque decía que su momento era el
presente. Le atormentaba el pasado, sus luchas, sus pérdidas, sus lamentos.
Llevaba piercings y aún recuerdo como me llevaba al cielo cuando me tocaba con
ellos. Era oscuro atrayente, electrizante. Sabia encandilarte y llevarte a su
terreno. Se sentía solo, pero aun así te hacía sentir completa, llena, feliz.
Desde pequeña escuché historias sobre ellos, sobre sus
costumbres. Decían que no debías juntarte con ellos, que te arrastrarían a su
dolor, a su oscuridad, pero no pude evitarlo. No pude evitar sentirlo como mío.
No pude evitar querer arroparlo y hacer desaparecer aquella mirada melancólica
que habitaba en sus ojos verdes. No pude evitar que su nombre jugase entre mis
labios cuando él no estaba cerca. No pude evitar ser su diana.
Me cantaba canciones, canciones propias. En ellas, no solo
escuchaba su voz, si no que su alma lloraba desgarrada por el dolor de aquellos
versos. Yo escuchaba con el corazón en un puño, deseando que jamás volviese a
sufrir como lo había hecho. Deseando que triunfase, que cumpliese su sueño;
pero que jamás me olvidase porque sabía, que yo no podría conseguirlo.
Nadie entiende el dolor que sentí cuando se marchó, pero el
amor es así, inexplicable, desolador. No supe exactamente cuándo caí. El primer
día, el ultimo, a los pocos días. Solo supe que se convirtió en alguien, en
alguien a quien quería cerca, a quien no quería dejar de escuchar. Se convirtió
en alguien a quien me dolería olvidar.
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