Lo que nunca sabras


Seguramente esto nunca llegue a ti. Seguramente jamás leas ni escuches estas palabras. Seguramente nada de lo que tenga que decirte te importe ya.
Nunca sabrás que mis canciones favoritas eran aquellas que te oía cantar desde la ducha. Nunca sabrás que mi color favorito era el color de tus ojos. Nunca sabrás que lo que yo llamaba magia no era otra cosa que la facilidad que tenía tu sonrisa al hacerme sonreír a mí. Nunca sabrás que todavía me muero por arrancarte la ropa y besar todos y cada una de los rincones de tu piel. Nunca sabrás que sigo yendo cada viernes a escuchar aquel disco de Sabina al bar en el que nos conocimos. Nunca sabrás que sigo esperando que vuelvas.
Hace tiempo que ya no se de ti, pero sigo imaginando como seriamos si aún estuvieses. Te imagino a ti, sentada en aquel viejo sillón de mimbre en el que entrabamos a duras penas, pero felices de estar piel con piel. Te imagino a ti, mirándome desde la barra de la cocina esperando ansiosa a que te hiciese el desayuno cuando sabíamos perfectamente que el desayuno éramos nosotros. Te imagino a ti, durmiendo a mi lado, tu respiración pausada, tus labios entreabiertos pidiéndome que los besara. Te imagino a ti, a mi lado.
El brillo de tus ojos era todavía más intenso que el de todas las estrellas juntas. No era el color, eso no tenía importancia, aun que te recordasen a los jardines en primavera. Era tu mirada. Tu esencia. La manera en la que expresabas todas y cada una de tus emociones en aquellos iris. Y qué decir de cómo me veía yo reflejado, cuando vi cómo me mirabas, como me sentía… dejé de mirarme en los espejos para mirarme en tus ojos. Desde ellos el mundo se veía menos feo, los problemas del día a día se hacían amenos porque tu iluminabas el camino. Jamás me perdí yendo de tu mano, tú guiabas mis pasos.
Me volvía loco besarte. Aquellos labios eran tentadores. Arrebatadores. Esa boca me volvió loco en el primer instante en el que vi como sonreías. Había besado muchas bocas, pero ninguna tenia tu sabor. Ninguna me hacía alcanzar el cielo con un beso. Me sentía un jodido niño cada vez que posabas esa boca en mi cuerpo. Miles de sensaciones se arremolinaban en mi corazón. Pasión. Poder. Deseo. Sexo. Amor. Había tantas cosas para hacer con ella, pero lo que más me gustaba era verte sonreír. No había nada mejor, el mundo se iluminaba y sonreía contigo cuando lo hacías mientras que yo caía aún más en tus redes.
Te reías de la noche, del día, de la luna. Te reías de las calles. Te reías del tiempo. Te reías de ti, de mí, de todos. Te reías. Te pasabas la vida riendo y yo contemplando tu risa, tus maneras, tu sonrisa.  Ese dulce tono que aún me atormenta por las noches. No recuerdo si quiera si eras rubia o morena, pero aquél sonido no consigo sacármelo de la cabeza. Me persigue. Me atormenta.
Aunque nunca llegues a recibir estas palabras quiero decírtelas. Quiero que sepas todo cuanto no te dije. Las palabras que se me quedaban atascadas en la garganta por miedo a dejarlas libres. Si es que siempre fui un cobarde cuando a ti se refería. Me daba tanto temor confesarte todas las maravillas que traías a mi mundo que cuando quise darme cuenta, se acabaron. Muchos decían que lo nuestro no llegaría a ninguna parte, que éramos jóvenes, que aún nos quedaba por vivir, pero ¿qué sabían ellos? Nadie nunca supo lo que ocurría entre nosotros. Nadie nunca supo lo felices que nos hacíamos. Nadie nunca dio ni un centavo porque te quedaras a mi lado. Siempre negué aquellas palabras, no cabía en mi cabeza la posibilidad de tu huida. Fui tan tonto.
Tras tu marcha lo perdí todo.
Después de que te marchases me miré en el espejo y no reconocí a la persona que me devolvía la mirada. Sé que se supone que aquel era mi reflejo, pero no conseguí reconocerme. Estaba distinto. La chispa que siempre encontraba en mis ojos ya no lucia con la misma fuerza, a pesar de que estos seguían inundados en lágrimas. mi reflejo era la viva imagen de en lo que me había convertido tras tu marcha. Alguien vacío. Como yo sin ti.
Después de que te marchases me costaba conciliar el sueño, ya no dormía plácidamente. Me despertaba sobresaltado tras la pesadilla en la que te perdía. Alargaba el brazo buscándote en la cama, pero solo encontraba el hueco que ocupabas vacío y frío. Entonces me daba cuenta de que tanto dormido como despierto ya no estabas. Te habías marchado. Tenía que asumir que aquel espacio no volvería a ser llenado por ti.
 Después de que te marchases asumí que jamás ibas a volver.
Hay días en los que le imploro a un cielo cada día más oscuro que por favor vuelvas, que no soporto tu ausencia. Hay días en los que pienso que no voy a aguantar el frío invierno sin el calor de tus labios.   Hay días en los que deseo echar a correr e ir a buscarte como otras tantas veces hacía, cuando tú todavía me recibías con pasión. Hay días en los que no puedo con tu marcha.
No quería que te alejaras ni dos pasos de mí, quería que te quedases siempre. Tu conseguiste que todas mis preguntas tuviesen respuesta, que todos mis problemas tuviesen solución. Quizá fui un ignorante por depender tanto de ti porque ahora que no estas no puedo pasar por un campo de margaritas sin recordar tu pelo esparcido entre ellas.
Siempre dijiste que nada era imposible. Estabas tan segura de poder conseguirlo todo que yo solo era un mero espectador en la caza de tus metas. Aquel que mira la vida desde el banquillo y que cuando lo necesitas siempre está ahí. Para ti jamás hubo nada inalcanzable.
Y sé que aun que dijeses que no existían los imposibles, yo no consigo olvidarte.

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