Entre olas


Los arboles empiezan a perder sus hojas, el silbido del viento cada día es más profundo; y el frio cada vez se nota más entre los huesos. El cementerio cada día parece más viejo, como si hubiesen pasado años, en vez de meses, desde la primera vez que vine a visitarte. Tu lapida es bonita, la eligió tu madre, aunque sé que tu hubieses preferido que tiraran tus cenizas a la mar, porque ese era tu mundo.
Te escapabas todas las mañanas al amanecer a coger las olas más altas y más fuertes, la tabla de surf era un complemento más en tu vida. Yo te esperaba haciendo el desayuno, y cuando volvías, me lo ponías todo perdido. Arena. Agua. Algas. Pero no importaba, no importaba que dejases la cocina hecha un desastre, si después terminábamos haciendo el amor en el suelo.
Había veces en las que el tiempo amenazaba con romperse y te suplicaba que no salieses a la playa, que te olvidases de las olas por unas horas, que te quedases en casa, conmigo. Pero tú nunca cedías, decías que ahí era donde se encontraban las mejores olas y salías. Te miraba a través de la ventana, con el corazón encogido cada vez que te caías y tardabas en salir del agua. Susurraba palabras al cielo, para que te tratase bien, para que no te llevara; pero no me escuchó.
Un día te fuiste a cabalgar las olas como tu solo sabias, pero no volviste. Salí a la playa a buscarte y solo encontré tu tabla en la orilla riéndose de mí. Te había perdido, pero no quería creerlo, me sumergí en el agua a buscarte. No me importaba el viento, ni la tormenta que venía hacia mí. Solo quería encontrarte, pero no lo conseguí.
Días más tarde, los equipos de salvamento llamaron a mi puerta. Te habían encontrado y lloré. Lloré porque vi en sus ojos lastima, y supe, que no volvería a tenerte entre mis brazos.
El agua era todo tu mundo. Te vio reír. Te vio llorar. Te vio amar. Y te apartó de mí.

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