El juego
Contaste
historias sobre venerar mi cuerpo, sobre bañarle de besos y caricias; me
hiciste pensar, creer que llenarías el hueco de mi pecho. Ese hueco que te
había estado esperando tiempo, demasiado tiempo. Cuidarías mi pertenencia más
valiosa, ese órgano que se aceleraba con tu presencia, con sentir tu aroma. Yo
te creí, quise creerte, dejé que me engañaras, que me sedujeras, que inhibieras
mis pensamientos racionales. Aquellos que gritaban desesperados que no te
escuchaste. No quise darles voz, me dejé llevar por el ritmo de tus palabras.
Jugué a tu juego, bailé tu baile. Una danza que comenzó caliente y pensé que
duraría hasta que nuestros pies sangrasen. Pero lo único que terminó sangrando
fue mi corazón cuando te marchaste.
Llenaste
mi cabeza de promesas, de imágenes de nosotros, de lo que éramos, de lo que
supuestamente seríamos. Me vendiste una historia de ficción en la que tu mano
siempre agarraba la mía, en la que mi cabeza descansaba sobre tu pecho por las
noches. Fueron cayendo una a una, poco a poco, pero a la suficiente velocidad
para que el dolor se acentuase como un puñal retorciéndose por la espalda.
Dolía,
todavía duele.
Hiciste
que creyera que me merecía todo lo que me querías dar, pero solo utilizaste mi
cuerpo para tu disfrute, para saciarte de él hasta que encostraste uno mejor,
uno más nuevo. Otro juego al que jugar hasta resultar ganador.
Mientras
tanto, yo miraba por la ventana esperando que volvieses, que aparecieses en mi
puerta para volver a llevarme contigo. Me pasé días allí sentada mirando como
sucedían los días a través de aquel cristal. Un cristal que me negaba a creer
que me perteneciese. Pero así era, esa era yo. Las lágrimas que caían eran mías,
las ojeras que dibujaban mi rostro también lo eran. En aquella ventana comencé
a comprender el juego, el juego al que habíamos estado jugando, en el que yo
nunca había sabido las reglas ni el premio del ganador.
Ahora ya
tampoco importaba, me sentía demasiado tonta, demasiado débil para exigir una
revancha, para intentar recuperar todo aquello que te llevaste. Ya no lo quería,
no quería nada que hubiese tocado tus manos. Que hubieses envenenado con tus
palabras. La partida había terminado y yo me había quedado mirando el
desamparado resultado. El tablero habían sido todos los sitios a los que me habías
llevado y tus palabras (tus engaños) las casillas que te habían hecho llegar a
los premios, al puesto que querías. Te apuntas una partida vencedora más como
una muesca en el cabecero y continuaste con tu vida sin mirar atrás, sin
mirarme.
Comentarios
Publicar un comentario