Anhelo y olvido

 

Aún amanezco muchos días en donde se desbordan las ganas de volver a ti, de buscarte en cada rincón, de discutir con mis adentros para que acepten todas y cada una de las razones por las que valdría la pena intentarlo una última vez. Las noches de domingo se hacen largas, esperándote, fantaseando que aparezca una señal que indique que tu también anhelas mi presencia, que no consigues olvidarme, que esperas que llame a tu puerta.

La debilidad se apodera de mi ser cuando se trata de ti. La distancia como antídoto para dejar de hacernos daño, todavía duele, todavía sangra. Sigo pensando en aquella versión de ti, aquella que me hipnotizó, que me cegó, pero que se ha acabado desvaneciendo con el tiempo. Ya no existe aquella dulce persona que sabía cuando estar, cuando quedarse, cuando callar. Te fuiste marchitando como una flor con el final de la primavera. Se te caen las capaz como a una rosa sus rojos petaos. Perdías la careta cada vez que las cosas se volvían difíciles. Cuando más te necesitaba, cuando más te necesité. Te fuiste destiñendo y yo fui dándome cuenta, pero me negaba a admitirlo. Estiraos demasiado una situación que nos hacía gritar de dolor, que nos hacía a odiarnos a nosotros mismos. Desde entonces, ha pasado bastante tiempo, el suficiente para que el reloj de la vida me haya ayudado a sepultar tu aroma de mi memoria y cultivar el olvido zapas de arrancarte de mi pecho.

Me odiaría a mí, te odiaría a ti, si regresaras después de tantas lágrimas derramadas. Pero, no puedo evitar fantasear con la idea, a pesar del dolor que me causa, que me causas. Sin embargo, hace un año que dejé de saber de ti, de tener noticias tuyas. Ya no me lees, ya no oigo tu voz entre los demás. Pero mis letras son testigos del lamento que tu fantasma le provoca en mi insomnio.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ya hay alguien esperándote

Las caras de una moneda