INCENDIO
Veía
el poder en sus ojos mientras me deslizaba en su despacho, era tan imponente
que todo el edificio le temía, salvo yo. A mí no me daba miedo, porque sabía
que nunca me haría daño. Me acerqué a él con paso seguro porque quería que
ocurriese, quería que pasase lo que sabía que ocurriría en cuento cerrase la
puerta.
Sus labios en seguida estuvieron encima de los
míos mientras sus manos danzaban por todo mi cuerpo, tocándome, apretándome,
acariciándome. No pude reprimir los primeros jadeos que salían de mi interior
mientras él iba recorriendo un camino de ardientes besos desde mi cuello hasta
mis clavículas.
Empezó
a desabrocharme la blusa blanca que llevaba puesta, a cada botón la excitación
crecía, a cada paso deseaba ya el siguiente, y el siguiente. Cuando desabrochó
el ultimo botón la blusa cayó al suelo, donde sabía que le gustaba que
estuvieran mis prendas de ropa. Intenté acercar mis manos a la hebilla de su
cinturón, pero rápidamente negó con la cabeza, éste era su momento, o más bien
el mío, porque su mirada estaba llena de promesas, de calientes promesas que me
hacían arder de cabeza a pies.
Noté
sus húmedos labios rozar mis pechos, mis pezones erectos ya le esperaban
pidiendo cariño, y él lo sabía por eso sonreía al descubrirlos. El sujetador
cayó al suelo mientras el amasaba mis pechos y no perdía la conexión con mi
boca salvo para bajar sus labios hasta ellos. Sabía que si continuaba con
aquella tortura podría irme, pero le quería dentro, le quería tan dentro de mí
que me hiciese olvidar que estábamos en la oficina, que detrás de estas cuatro
paredes debíamos fingir que no nos conocíamos.
Uno
de sus dedos recorrió el camino desde mi pezón derecho acariciando mi piel
hasta el inicio de mis braguitas. Lo deseaba, lo deseaba como nunca había
deseado a nadie. Su dedo exploró mi abertura jugueteando con mi delicado botón
el cual se estremecía junto con todo mi cuerpo por sus caricias, dentro y
fuera, arriba y abajo, sin parar, nunca se paraba en este juego. Sin darme
cuenta, perdida en mi propio placer me agarró por las caderas para sentarme
encima de la mesa del despacho, allí deslizó la última prenda que me quedaba
por mis piernas antes de hundir la cabeza en mi monte de venus.
Mis
gemidos eran lo único que se oía en toda la sala, junto con sus respiraciones,
había notado la dureza que escondían sus pantalones y quería notarlo todavía
más. Antes de que los espasmos se adueñasen de mi cuerpo por el placer que me
estaba regalando le obligué a desnudarse, quería que mi placer se juntase con el
suyo, que formásemos un único ser entre envestidas y besos. Le quería dentro de
mí y él me concedió mis deseos.
El
orgasmo nos llegó a la vez, yo apretaba su miembro mientras que él envestía
contra mi cuerpo sin descanso. Vimos el cielo, las nubes.
Vimos
arder.
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