Ese cosquilleo
Ninguno de
los dos pronunció ninguna palabra antes de que nos fundiésemos al fin en un
beso. Un tierno beso que rozaba la suave piel de mis labios, que casto se
acercaba reconociendo mi aliento, probando poco a poco el sabor de mi respiración.
Tomándose todo el tiempo del mundo para recorrer cada milímetro de mi boca. Un beso
al que le sigue otro más aventurero y provocativo, uno que se apropia de mis
labios, como si le perteneciesen, como si fuesen suyos, como si sus labios
fuesen míos. Comienza a saborearlos, a acariciarnos, hasta que en pequeños
mordiscos su boca hace estremecer a la mía. Su boca recorre mis labios de lado
a lado como quien prueba un helado.
Entonces,
en un instante, se aleja separando nuestros labios, pero no dice nada, no rompe
el silencio del coche, me mira y sonríe. Sonríe pícaramente para volver a tomar
mis labios, para que nuestras lenguas bailen al son de nuestras respiraciones,
que cada vez van más rápido, más deprisa. Mis manos comienzan a perderse sobre
su nuca y su cabello, mientras que sus manos deshacen mi espalda y mi cintura a
cada roce. Toco su pelo entre mis dedos, acariciándolo, tirando de él para que
se acerque más, para que me toque más, para que alivie esta presión que ha
comenzado a nacer en mi interior.
Así pasan los
minutos, con ellos las horas, mientras la danza de nuestros labios sigue sin
parar en un baile que cada vez calienta más nuestros cuerpos. Las ventanas del coche
comienzan a empañarse del calor que desprendemos, de la excitación que emana
cada uno de nuestros poros. En el instante en el que sus labios rozan los míos,
solo puedo detenerme a pensar en la ansiedad que durante ese beso se ha
acumulado en mi vientre. Esa sensación de cosquilleo que se va derramando poco
a poco por mi cuerpo, llenándolo de calor, de fuego. En como mi mente se sube a
una nebulosa donde lo único que soy capaz de percibir es el calor de su cuerpo
contra el mío, de cómo la calidez de su respiración quema mi boca.
Acto seguido,
sin darme cuenta, sin darse cuenta, sus manos danzan por mis caderas, suben por
mis costados, despacio, torturándome, hasta llegar a la curvatura de mis
pechos. Los toca, los acaricia. Se deleita con ellos mientras su boca sigue
contra la mía. Comienza a juguetear con los botones de mi blusa sabiendo que es
lo único que me separa de su contacto, piel con piel. Desata uno a uno cada botón,
sin dejar de rozar nuestras lenguas, sin dejar de beberse cada beso que le doy.
La blusa cae al suelo sin hacer ruido, sin molestarnos, indicando que es el lugar
en el que debe estar. Se separa de mí escasos centímetros y admira el encaje
blanco que cubre mis senos, veo como se relame los labios sin dejar de mirarme,
como su cabeza da miles de vueltas con todo lo que quiere hacer, con todo lo
que quiere hacerme.
Recorre la
línea de mi mandíbula, desde mi boca hasta mi cuello, ese cuello que no ha
dejado de morder, de saborear desde que un casto beso desembocó en todo lo que
estaba sucediendo. Va depositando besos húmedos mientras mi respiración se va
acelerando con cada caricia, con cada húmedo beso.
Mi piel
palpita contra las yemas de sus dedos, mientras acaricia mi vientre desnudo
hasta llegar al broche de mis pantalones. Me mira pidiéndome permiso, permiso
para dejarle hacer lo que quiera conmigo, para que se deleite con mi cuerpo,
como llevo deseando que haga desde que sus labios se posaron sobre los míos. Descubre
poco a poco mis piernas mientras se agacha ante mí. Una vez a la altura de mis
pies, tira de ellos con fuerza para lanzarlos al mismo lugar donde se encuentra
mi blusa. No quiere que ninguna prenda nos separe.
Le miro
desde arriba, nerviosa, sonrojada, con la respiración agitada, expectante a lo
que vendrá después, a lo que llegará ahora. Se toma su tiempo, subiendo por mis
piernas regalándome húmedos besos hasta que se topa con mi monte de venus al
que no duda ni un segundo en saludar, en darle la atención que lleva rogando
desde que los cristales se han empañado. Junta su boca contra la humedad de mis
piernas. Besa, chupa, sopla mientras mi respiración se va acelerando, mientras
los gemidos van tomando fuerza en la partida. Mis manos, que hasta entonces habían
permanecido quietas, comienzan a tirarle del pelo mientras noto como mi cuerpo
comienza a temblar. Pero no me da ninguna tregua, no me deja descansar. Sus manos
juegan conmigo, su lengua juega conmigo. Mi pequeño botón late con cada roce de
su cuerpo, deseando que siga, que no pare, que lo lleve a ebullición.
Entonces,
empiezo a notarlo, empiezo a notar ese cosquilleo que comienza en la punta de
mis dedos, subiendo por mis piernas a medida que el éxtasis se va
intensificando con cada roce con su lengua. Mis piernas se aprietan en torno a
su rostro sin poder evitarlo, se le escapa una sonrisa traviesa al notarlas
temblar, pero no para, sigue. El calor se intensifica por todo mi cuerpo hasta
que un grito final saliendo de mis labios hace que él vuelva a sonreír aún
enterrado entre mis piernas. Culmina dándome un último beso antes de seguir
avanzando por mi cuerpo, hasta que nuestros ojos vuelven a estar a la misma
altura.
Comentarios
Publicar un comentario