UN PAR DE EXTRAÑOS OTRA VEZ
Ha
pasado bastante tiempo desde la última vez que nos vimos, desde el último beso
que compartimos. El roce de tu piel calentando la mía. La humedad de mis labios
refrescando tu boca. Nos despedimos como si al día siguiente volviésemos a
vernos, como si tu mano volviese a agarrar la mía para cruzar la calle. Ninguno
pensó que aquellos escasos segundos en los que unimos nuestras lenguas serían
los últimos que tendrías. Si lo hubiese sabido, si hubiese sido consciente de
que era la última vez que te iba a tener entre mis brazos, te hubiese dicho
todo lo que me callaba. Todo lo que me daba miedo revelarte. Sin embargo, una
vez más me quedé en silencio mientras veía como te alejabas de mí por la calle.
Me di la vuelta cuando tu silueta ya era borrosa ante mis ojos, mi sonrisa
seguía pegada a mi cara rememorando tu dulce sabor que aún permanecía en mi
boca. Pensando en que nunca me cansaría de tu sabor.
Pero lo hice.
Me cansé de tu sabor, me
cansé de todos los vacíos que había entre los besos. De todas las promesas que
a día de hoy no habían sido cumplidas, ni ciertas. Me cansé de esperarte, de
esperar a que te dieses cuenta de que yo me encontraba a tu lado, de que
también necesitaba una caricia cuando el mundo se ponía cuesta arriba. Luché
contra mí misma durante horas y días, durante semanas. Mi parte racional me
decía que saliese corriendo, que huyese de ti, que no me traerías nada bueno.
Pero mi corazón, mi corazón no se cansaba de darte oportunidades una y otra
vez, de que lo machacases, de que lo menospreciases con tus silencios, con tu
mutismo, con tu falta de aprecio.
La guerra fue dura.
Discutía contra mi reflejo cada vez que el espejo me devolvía la mirada. Las
lágrimas siempre estaban acechando y el corazón se comprimía como si lo
apretases con la mano. Acabó rindiéndose a la razón, puesto que esta peleó con
uñas y dientes, por lo mejor para los dos, por lo mejor para mí. Entonces, una
mañana de principios de verano, me alejé de ti. Deshice el nudo que habías
formado con tus brazos alrededor de mi cuerpo y escapé corriendo. Sin mirar
atrás, sin permitirme mirar.
Cuando conseguí llegar a
una zona donde tu presencia no estuviese, respiré de nuevo, respiré por primera
vez en meses. Me di cuenta de las posibilidades que tenía a partir de aquel
instante, pero también tenía a mi loco corazón gritándome que esperase un poco,
que quizá, quizá luchabas por nosotros. Pero no lo hiciste.
Nunca lo hiciste.
Aceptaste mi huida como
si no doliese la perdida, como si todos aquellos besos, todas aquellas veces
que nos reímos a carcajadas, de todos los cafés en mi casa, de todas las
películas en domingo, y de todos los mensajes prometiéndonos la luna no
hubiesen existido. No hubiesen importado. Comprendí que quizá siempre estuve
equivocada, que me confié con el amor que me dabas. Pero ya era tarde para
volver a atrás, para reprochártelo, para juzgarte. Comenzamos a ser un par de
extraños otra vez. Yo no sabía nada de ti, tú no sabías nada de mí. Te lloré
durante un tiempo, pero luego me olvidé de tus gustos, de tus sensaciones, de
las emociones que despertabas en mí. Te guardé en una caja cerrada con llave
que luego lancé al fondo del océano sin despedirme más de ti, ya no merecías
más mi tiempo.
Ha pasado mucho tiempo
desde nuestra última vez, desde la última vez que nos vimos y ahora te vuelvo a
tener delante. Has cambiado, pero sigo reconociéndote aun con tu nuevo estilo,
con tu nuevo peinado. Mi respiración sigue acelerándose con tu mera presencia,
pero ya no sé quién eres, ya no sé quién se esconde debajo del cascarón. Te
observo desde la distancia sin querer que me veas, no quiero que lo hagas. Y
recuerdo todo lo que fuimos, todo lo que pensé que podríamos haber sido,
dándome cuenta de que dejaste de doler.
Ya no me sangra el
corazón al escucharte, al verte, al pensarte.
Comentarios
Publicar un comentario