Una mañana de finales de agosto

A día de hoy aún no sé si he terminado de llorarte o si he empezado a hacerlo. Hay noches en las que las estrellas me aprisionan sobre el colchón para reproducirme una y otra vez la vida que tuvimos juntos, la vida que me diste. Sin embargo, cuando llega el día no te pienso, no te lloro, no te recuerdo. Solo apareces cuando el sol se esconde, cuando las luces se apagan, pero no se me derraman las lágrimas cuando llegas. 

Noto la sensación de vacío que dejaste, el síndrome del miembro invisible, el hueco en la cama que ya nadie ocupa. También soy consciente de que ya nunca hay dos platos, dos vasos, dos tenedores; de que ya no estás. 

El día que te marchaste, que recogiste las cosas que guardabas en mis cajones, en mi corazón, preparé cajas y cajas de pañuelos esperando. Esperé durante horas a que las lágrimas cayesen de mis ojos, a que explotase el diluvio en el que se convertiría mi habitación tras tu marcha. Pero no sucedió, los clínex continuaron secos, sin que nadie perturbase el blanco de su tejido. Mis ojos no se humedecieron en ningún momento, ni las lágrimas saludaron queriendo salir.

No te lloré aquel día, no te lloré al día siguiente. 

Me dolía no tenerte cerca, no poder tocarte como tantas veces había hecho, que no me abrazases por las noches; pero ninguna de las razones que me dolían me hacían derrotar los muros que se habían alzado alrededor. Las lágrimas se fueron acumulando en mi interior, creando un pozo sin fondo en el que me daba miedo caer, ahogarme, que me atrapase para siempre. El pozo me perseguía en sueños arrebatándole el protagonismo a tu presencia. Entonces, dejaste de atormentarme por las noches, ya no te veía cuando caía el sol ni cuando esté se alzaba. La sensación de echarte de menos seguía ahí pero cada vez latía menos, cada vez la luz era más difusa. Se acabaría fundiendo como los focos de un coche mal cuidado. Como un gran incendio que consiguen apagar. 

El tiempo seguía transcurriendo como si nunca hubieses existido, como si nunca hubieras formado parte de mí. Yo no te lloraba, pero tú tampoco me echabas de menos a mí. Continuamos con nuestras vidas como si aquellos meses no hubiesen existido. Como si nunca nos hubiésemos querido locamente. Como si nunca nos hubiésemos amado con todo nuestro ser. Entonces, una mañana de finales de agosto viniste a mi memoria arrasando como el huracán del Mago de Oz, trastocaste mis muros haciendo que el pozo comenzase a perder agua. Las lágrimas comenzaron a escapar de mis ojos, a surcar mis mejillas para llegar hasta el suelo donde el charco cada vez era más grande. Los ojos cada vez más rojos, la piel cada vez más caliente, el suelo cada vez más mojado. Y mi corazón cada vez más sano. 

Aquella mañana de finales de agosto, comencé y terminé de llorarte. Te deseé una buena vida, un buen comienzo, un buen desenlace, un buen final (o al menos uno mejor que el nuestro). 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Ya hay alguien esperándote

Las caras de una moneda