18

 

Ambos habíamos tirado del hilo con fuerza. Cada uno ejercía fuerza por su lado, por sus creencias, por sus metas. Ninguno era consciente de que el hilo poco a poco iba deshilachándose, perdiendo su fuerza, su elasticidad.

Decir adiós cuando no estás preparado, duele. Aferrarse a lo que una vez fue, a lo que quizá habría sido si todo fuese diferente. Recordar todas las noches en las que tu pecho fue mi almohada, en las que tu calor corporal abrigaba mi cuerpo cuando las noches frías de invierno amenazaban. Tu mano junto a mi mano en nuestros largos paseos. Tú tirabas de mí, yo tiraba de ti, ambos nos acercábamos el uno al otro sin pensar que alguna vez querríamos separarnos. Nos despedíamos cada día como si siempre fuésemos a estar ahí el uno para el otro siempre que nos necesitásemos. Sin embargo, ahora yo te necesito y ya no estás, ya no vas a estar a mi lado cuando los días sean cuesta arriba, ya no me darás la mano cuando mis piernas se resientan subiendo a la cima de la montaña.

Ha llegado el verano, el calor que nos hace sudar y no querer nada que nos caliente demasiado, que nos haga sudar más que la calima que escuece en nuestros ojos. Unos ojos que están rojos desde que el hilo, el cordón, se había deshilachado separándonos. La alergia, la calima, cualquier excusa para no confesar que lloran desconsolados por las noches abrazando la almohada mientras imagino que eres tú. La abrazo con fuerza buscando los latidos que una vez noté en tu pecho mientras dormías, pero no están.

Ya no estás.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Ya hay alguien esperándote

Las caras de una moneda