Snowflake

 

Los copos de nieve habían comenzado a escapar de las nubes que llevaban meses encarcelándolos. Se escapaban poco a poco con la intención de cubrir de blanco el paisaje que habían visto mientras crecían, mientras se formaban.

Uno de esos copos se deslizó lentamente hacia abajo hasta posarse sobre tus sonrosados labios. Te reíste por el impacto del frío sobre tu pálida piel, haciendo que mis cinco sentidos te prestasen atención, que no te dejasen de observar. Aquel copo había sido el desencadenante de la rebelión que había comenzado dentro de mi cuerpo.

El frío inundaba las calles, la nieve teñía el paisaje, pero yo solo tenía ojos para aquella dulce boca que contenía aquel privilegiado copo que había rozado tus labios.

Entonces, aquel musculo rosado escapó de entre la cárcel de tus dientes deslizándose, humedeciendo tu boca. Quitaste el copo que aún seguía manchando tu boca mientras te reías porque la nieve había empezado a cubrir tu pelo, a calar mis ropas. Pero yo no sentía nada que fuese externo a lo que tú me hacías sentir, a la envidia, al deseo de convertirme en aquel pequeño copo y rozar tu piel, tus dulces y jugosos labios.

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