ACANTILADO
Me deslizo entre las sábanas que abrazan mi
cama esperando que él también esté para abrazarme. Las sábanas se enredan entre
mis piernas cuando desearía que fuesen sus piernas las que se enredaran. Noto
su olor entre ellas, aquel olor que inundó mis fosas nasales desde el primer
día, que me recordaba a las tardes de verano, a los días soleados en las que te
brillaba la cara. Están todas revueltas desde que se ha marchado siendo una
prueba de los pecados cometidos en ellas, de los delitos de amor o de odio que
se cometieron en ellas. Las almohadas están descansando en el suelo, salvo una
de ellas, la más pequeña. Siempre la más pequeña para poder estar a centímetros
de nuestros labios, para poder besarnos cuando el corazón lo gritase con fuerza
y vaya si lo gritaba. Como un loco enamorado, como un desquiciado en un
acantilado antes de tirarse de cabeza. Y se tiró, se tiró ofreciéndolo todo sin
imaginar que eran las rocas las que esperaban en el fondo. Unas rocas que se
han adueñado de mi cuerpo haciendo que la pesadez me acompañe mientras su aroma
vuelve a inundarlo todo. Sin embargo, es solo el rastro que ha dejado tras su
paso porque se ha ido, se fue sin mirar atrás cerrando la puerta en silencio.
Sin ruidos, sin gritos, sin despedidas. Solo se marchó dejando a un pobre
corazón esperándolo entre las sábanas. Unas sábanas que debería de cambiar, de
lavar, de tirar, pero no se siente preparado para dejarlo marchar, para dejar
que se vaya porque es el único recuerdo que me queda, el único recuerdo que ha
querido darme.
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