Los eternos olvidados

 Hoy vengo a hablar de los eternos olvidados. Aquellos que nadie menciona ni en revistas, ni en artículos, ni en telediarios. Aquellos que lo están pasando bastante mal con el caos de la nueva normalidad, una nueva normalidad que ha sacudido sus vidas como un tornado en Kansas.

La nueva normalidad no solo ha traído geles hidroalcohólicos y mascarillas a nuestras vidas, sino que también ha traído depresiones, soledad, sentimientos malos que se nos están arraigando con fuerza en el pecho.

Muchos estudiantes se están viendo perjudicados por las nuevas situaciones que estamos obligados a aceptar, mientras que en los telediarios y en cualquier lugar informativos nos nombran con adjetivos que culpabilizan a toda nuestra generación por los nuevos casos de contagios, por las nuevas medidas drásticas que los gobiernos de las comunidades están tomando.

Sin embargo, ya nos hemos cansado de callar, de ver cómo nos señalan con el dedo por querer tomar el aire después de una larga jornada encerrados en nuestras habitaciones o en las bibliotecas con la cara metida entre miles de hojas de apuntes. El cansancio nos ha hecho más valientes para saber que no debemos quedarnos en silencio. El silencio solo hará que sigan jugando con nsotoros como si de una pelota de futbol se tratase. No aguantamos más.

Yo hablo desde la vida universitaria que nos ha robado un virus que azota a toda la población, y está bien, veo lógico que debamos suprimir todas aquellas actividades que tanto nos han gustado durante todos estos años. Hemos dicho adiós a los cafés de media mañana para criticar a algún profesor que nos esté haciendo la vida imposible. Hemos dicho adiós a los jueves universitarios donde nos concentrábamos todos en la zona de los locales a tomarnos un respiro de los estudios, a bebernos un par de copas que nos aligerasen un poco la carga que tenemos sobre los hombros. Hemos dicho adiós a las espichas, a poder celebrar el patrón de nuestras facultades.

Le hemos dicho adiós a muchas cosas sin amilanarnos puesto que entendemos que no es el momento de vivir todas esas experiencias cuando hay miles de personas infectándose cada día, cayendo con todo el equipo. Pero estamos cansados, cansados de que se nos culpabilice, cansados de que jueguen con nuestros sueños. Porque si, eso es lo que están haciendo.

Igual que en muchos trabajos se han tenido que adaptar a las nuevas medidas, con teletrabajo, con aforo limitado en las oficinas, en las universidades no se han tomado ni cinco minutos a pensar en ello. Más bien, solo han pensado a nivel docente cuales serían las mejoras que podrían hacer, mientras que los universitarios, los eternos olvidados, nos hemos visto empujados al último eslabón de la cadena.

Las clases han sido reducidas, hemos sido separados por dos metros de distancia de nuestros amigos al sentarnos, las bibliotecas donde muchos alumnos estudiaban día y noche han puesto horarios por lo que ir allí es una guerra. Una guerra por ver quien encuentra sitio en el edifico, unos sitios que cada día escasean más y más.

Las practicas, las ansiadas prácticas de las asignaturas también se han reducido a menos horas, menos tiempo, menos lecciones. Sin embargo, las matriculas han seguido valiendo como si la situación fuese normal, como si realmente pudiésemos aprovechar esa media hora que nos están impartiendo cuando hace un año eran dos horas.

Los exámenes, Dios los exámenes. El caos absoluto. Muchos habrán visto las imágenes de las facultades en plena ola de exámenes, pero eso no es lo peor de todo. Lo peor es la manera que tienen de dar la vuelta a la tortilla, de contar la historia para victimizar a la universidad y quedar los alumnos como los malos de la historia, como los eternos culpables de toda esta situación. Pero estamos cansados.

Ola de frio en plena época de exámenes, con temperaturas de menos seis grados a media mañana. Las ventanas abiertas de par en par, junto con las puertas de las aulas dejando pasar la corriente fría que cala nuestros huesos, mientras intentamos que el bolígrafo no caiga de nuestros dedos por los temblores que azotan nuestro cuerpo. Los pies congelados, pisándonos a nosotros mismos para intentar entrar en calor, mientras que las zapatillas cada día están más sucias, pero no hay más opciones. Las mascarillas fpp2 que aprietan las orejas como un cinturón que te queda pequeño, pero nos aguantamos, porque es lo que toca, porque es lo que debemos hacer.

Sin embargo, estamos cansados.

Después de eso, llegan las largas esperas por las notas. Unas notas que no interpretan con exactitud nuestros conocimientos. Todos tenemos un mal día, todos tenemos una mala racha, pero nosotros, los eternos olvidados parece que no podemos tenerlos y si los tenemos, es siempre culpa nuestra. A nadie le interesa saber que los profesores no se preparan las clases, que no son buenos oradores, ni que tampoco saben usar el ordenador que tenemos en cada aula.

Nos echan la bronca cuando por un despiste no limpias el pupitre en el que te has sentado usando todos los improperios que les vienen a la cabeza en ese momento. Acusándonos de ponerles en peligro porque todos ellos son de riesgo, pero según ellos nosotros somos jóvenes y no lo sufrimos como ellos. Si lo hacemos. Quizá el virus no nos afecte como podría afectar a un profesor que pasa de los sesenta, pero todos tenemos algún amigo, algún vecino querido, algún familiar que no queremos que lo coja, que no queremos que luche con un respirador por ver quién gana la batalla. Pero eso no importa, no les importa las situaciones individuales que tienen los alumnos en sus casas, porque solo importan ellos, siempre ellos.

Mantienen nuestros exámenes en cuarentena durante diez días por el temor a que haya carga vírica en los papeles. Sin embargo, pasan un papel para que nos apuntemos en el examen, un folio, una hoja que corre por todas nuestras manos, por más de cincuenta manos. Si te toca el primero en escribir tu nombre igual corres suerte, pero si eres el ultimo quien dice que ese papel no este infectado.

Estamos cansados.

Juegan con nosotros, con nuestras notas, con nuestros sueños. Unos sueños que cada día vemos más ennegrecidos por el futuro que está tomando nuestra población. Una economía que cada día cae más al fondo, una sociedad que cada día es más egoísta.

Queremos que nos escuchen, sin embargo, nadie nos da la oportunidad de hablar. A quien habla le penalizan, a quien grita le cortan, a quien escribe le censuran. Basta.

Párense un momento a escucharnos, a los eternos olvidados. Párense un momento a oír lo que tenemos que decir, lo que tenemos que pedir, lo que tenemos que suplicar. Solo párense a prestarnos atención.

Porque estamos cansados, muy cansados.


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