A la mañana siguiente
Era una
mañana más de las muchas mañanas de domingo que llevaba viviendo últimamente. Se
despertaba sola en la cama de un extraño o quizá en algún hotel cercano a donde
había estado de fiesta. Esa era la rutina que la perseguía cada fin de semana. Alcohol
y sexo, sexo y alcohol. Hombres que la tocaban por todas partes, que la
deseaban como nunca habían deseado a nadie, o eso era lo que la decían. Las mentiras
que cada sábado noche se creía porque se sentía vacía, se sentía sola. Sábados noche
de cuerpos desnudos y sudorosos uniéndose de las mejores maneras posibles, el placer
que inundaba la habitación, el deseo que hacia arder las sabanas de la cama.
Pero luego,
nada. Luego nunca había nada más. El éxtasis se acababa, la adrenalina dejaba de
sobrecargarse volviendo a sus niveles normales y la habitación volvía a estar vacía,
como ella. Abría los ojos ante una mañana nueva en la que todo volvía a ser como
antes de tomarse la primera copa, como antes de dejarse envolver por la magia
de la noche.
Se levantaba
despacio, estirando todos y cada uno de sus doloridos músculos. Se duchaba para
deshacerse de los restos de la noche anterior, del último hombre que había poseído
su cuerpo, pero que no había querido conocer lo de dentro de él. Recogía sus
pertenencias tiradas por el suelo debido a las ganas del último hombre por desnudarla.
En el
espejo se veía a ella misma, ya no veía a esa mujer hecha a si misma que la devolvía
la mirada cada sábado antes de salir de casa. No, aquellas mañanas, como todos
los días siguientes, le devolvía la mirada una mujer vacía y frágil. Una mujer
que quería un abrazo después del placer, quería susurros al oído mientras se
quedaba dormida, quería que alguien quiere su corazón, pero nadie lo quería.
Por no hablar de que si se pide revisión de examen, por supuesto on line, te amenazan con bajar la nota.
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