El verano en el que todo cambió


Aquel verano en el que todo cambió para mí, en el que los colores se tornaron más intensos, en el que el calor del verano era sofocante, en el que los días de piscina se me hacían cortos, en el que el olor a verano no desaparecía de nuestras pieles tostadas por el caliente sol. Aquel verano en el que no solo te conocí a ti, sino que conocí un millón de sensaciones nuevas que creía que ya conocía. Buenas y malas, todas juntas, acompañadas como hermanas.

Un verano en el que el amor jugó sus cartas poniéndonos a ambos en la misma baraja para que nos encontrásemos en el camino de aquellos días soleados, y vaya si nos encontramos. No volvimos a separarnos. Conocí lo que era el amor a primera vista, y es que el cosquilleo que se arremolinó en mi estómago haciendo que mi pecho bombease con fuerza no me lo había provocado nadie más, o quizá sí, pero no con la misma intensidad. Una intensidad que sentí cuando tus ojos verdes conectaron con mis azules, cuando creamos el agua marina y vimos el océano sin salir de casa, porque no era necesario si estábamos juntos.

Pero como todo, siempre hay un lado feo, un lado oscuro, una sombra que te persigue a la que tu intentas ignorar, pero nosotros no fuimos capaces. El invierno acechaba con llegar hacia nosotros, con hacer que nos separásemos, pero nosotros corríamos veloces, siempre corríamos en su contra. Él nos seguía mandando lanzas en forma de rachas de frío, jersey, sudaderas, pantalones largos, pero intentábamos ignorar todas aquellas temperaturas cogidos de la mano, pero no era suficiente. O quizá sí, pero solo para mí.

El verano me enseñó lo que era el dolor, el dolor que uno siente cuando nota como el corazón se le parte sin poder hacer nada, como un nuevo acto lleva a una nueva cicatriz. Me enseñó a llorar en silencio, a mojar la almohada del agua salada de mis lágrimas recordándome a aquel océano que veíamos en nuestros ojos. Desaparecías durante días, días en los que el invierno acechaba en mi ventana con el viento. Te esperaba hecha un ovillo en la cama, esperaba que vinieras, que me abrazaras, que le dijeras al invierno que se marchase, pero os hicisteis amigos. Amigos del alma.

La baraja en la que llevábamos metidos todo el verano empezó a ser repartida y mientras que a ti te tocaban todos los ases para hacer la mejor jugada de póquer, yo tenía las de perder, siempre las tuve. Me ganaron todos, el amor, el dolor, el verano, el inverno, pero sobre todo tu. Mi compañero fiel, mi amigo, mi confidente.

Me ganaste a un juego en el que yo me creía experta, en el que había puesto todas las corazas que estaban permitidas para no dar señales de mis sentimientos, pero tú los adivinaste todos. Eras un buen jugador y el verano te ayudaba a ganar, te impulsaba a ser el mejor mientras que yo me hacía pequeña en un rincón, un rincón oscuro del que pronto te olvidaste, del que pronto ya no quisiste saber nada más.

Aquel verano me enseñó que el invierno siempre gana, y que amor y dolor van unidos en un mismo sentimiento.


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