FAMILIA MARAVILLOSA
Toda la vida nos han repetido que debemos alejarnos de
aquellas personas que nos dañan, que hacen que nos sintamos menos que los demás,
que nos juzgan sin parar, sin tener en cuenta que
sus palabras puedan herirnos por dentro de una manera corrosal. Nos decían que nosotros n o merecíamos todas aquellas
palabras que esas personas nos decían, que las críticas que soltaban con sus
venenosas lenguas no eran más que el reflejo de su propia envidia hacia lo que nosotros
éramos. Aseguraban que nos atacaban allí donde nos podría doler más porque eran
nuestros puntos débiles, pero que nosotros, nosotros no debíamos escuchar sus
hirientes palabras, que siempre teníamos que levantarnos y seguir adelante.
Sin embargo, cuando creces esa gente que te perseguía con
insultos y frases provocadas para causar dolor te das cuenta de que están en tu
propia casa, en tu propio hogar. Esas personas de las que siempre has deseado
escapar, viven contigo, comen contigo, ven la tele contigo. Pero tú te lo niegas
a ti mismo, no quieres admitir que es tu propia familia, tu misma sangre, la
que causa ese lacerante dolor en el pecho que día a día va aumentando como cada
palabra que sale de sus bocas. Intentas ver el lado bueno de las cosas, te mientes
a ti mismo diciéndote que ellos te dicen las cosas por tu bien, que son críticas
constructivas, pero entonces un día notas como sus sonrisas crecen, como sus
ojos brillan con más fuerza mientras hacen que pierdas la alegría de tu cuerpo.
Poco a poco van apagando tu luz, pero intentas defender, luchas con uñas y
dientes, les devuelves los golpes con la esperanza de que vean lo que ellos hacen
contigo, el dolor que te provocan; pero lo único que consigues es que día tras día
las palabras aumenten provocando en ti una sensación de vacío.
Piensas en romper con todo, en largarte como tantas veces te
dijeron que hicieras en el caso de que te encontraras con abusones, pero es tu
familia. Te frena esa palabra, el significado que tiene, aunque en la tuya nada
de lo que dice el diccionario lo tiene. No ves el amor por ninguna parte, más
bien notas e incluso palpas el odio en el ambiente. Tampoco hay alegría, o por
lo menos la que debería haber y no la suya cuando marchas llorando a tu cuarto
por no aguantar más palabras.
Oyes a tus amigos hablar de sus familias, de su querida
madre y lo bien que le trata, de su padre y lo mucho que le apoya, de sus
hermanos que son como amigos; y mientes. Mientes porque te sientes traicionado,
engañado, por no tener lo que los demás tienen, por no ser como los demás.
Al final del día cuando llegas a tu habitación solo deseas
tumbarte en la cama y cerrar los ojos unas horas, unas horas en las que ellos
no pueden molestarte porque es lo único que te queda sin que ellos hayan
manchado de odio.
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