Aguadillas

Todavía recuerdos aquellos momentos en los que los problemas eran menos, en los que todo lo que se nos echaba encima sin parar, conseguíamos quitárnoslo y seguir adelante. Como echo de menos aquellos días. Días en los que tu única preocupación era ser el primero en la fila para entrar a la escuela, en los que encontrarse un trébol de cuatro hojas realmente te daba suerte, en los que tus seres queridos no estaban mitigando tu estado continuamente. Tiempos de niñez, de correr con los pies descalzos, de llevar las rodillas llenas de postillas a medio quitar porque éramos demasiado salvajes (o eso pensábamos).

Ahora, hoy en día echo de menos todas aquellas cosas, porque si hubiese sido un poco más lista, un poco más rápida, un poco más eficiente quizá no estaría contando esto, sino que estaría divirtiéndome. O quizá, solo siendo feliz.

Los problemas me persiguen uno detrás de otro y yo corro, corro veloz todo lo más rápido que puedo, pero siempre me alcanzan. Me agarran del cuello desde atrás haciendo que mis pies no puedan seguir avanzando por la pista hasta que empiezo a notar como los pulmones se me cierran, como la garganta pica, quema, abrasa. Me ahogan, me ahogan como cuando nos hacíamos aguadillas en la piscina, pero esta vez, tengo una mano que no me impide salir a la superficie. Una mano que está formada por muchas manos, por muchos problemas, por muchos lloros y gritos que te hacen replanteártelo todo.

Entonces, mientras estas ahí, mientras tu garganta te va abrasando poco a poco dejándote sin aire te lo replanteas todo. Tu vida pasa por delante. Los momentos en los que no eras más que medio metro de pañales y mocos, en los que solo el contacto de tus padres conseguía calmarte. Cuando eras un niño de siete años y te daba miedo la bicicleta que usaban los mayores, esa que no tenía ruedines, pero que una parte de ti se moría por montar. El primer día de instituto cuando los nervios atenazaban tu estomago provocando que todo tu cuerpo tiemble sin parar. La primera vez que tus padres te miran con esa expresión en los ojos que te parte por dentro, esa decepción por no cumplir las expectativas del hijo ejemplar que ellos pensaban que tendrían. Las noches ahogando las lágrimas contra la almohada por un corazón roto (que no siempre es por el amor). Los gritos y los insultos que recibías como si fueses de piedra, como si no tuvieses corazón, como si no tuvieses alma, cuando en realidad eran ellos lo que no la tenían (o no la tienen).

Decides que igual esa mano que te empuja hacia el fondo, en vez de sacarte a la superficie, quizá tiene razón, quizá debes de dejar de resistirte a que te hunda, a que te ahogue. Ese instante en el que te dejas llevar, en el que sueltas el poco aire que te queda y dejas de mover las extremidades, dejas de intentar sobrevivir.

Porque llegas a la conclusión de que hace mucho tiempo que dejaste de vivir, para empezar a sobrevivir a esa mano que te aprieta lentamente.

 


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