No sé cuánto tiempo había pasado desde la última vez que nos vimos, que nos vimos de verdad. La última vez que un beso había acompañado a nuestras despedidas. El roce de tu piel con la mía, nuestra piel.
Pero hoy te he vuelto a ver. Allí estabas esperándome en nuestro lugar, ese que tantas veces nos había visto compartir secretos. El mismo peinado con los rizos rebeldes cayendo por tu frente; y aquel puñetero cosquilleo que sacudía mis dedos por apartarlos, por tocarlos, por sentirte a ti de nuevo. Los mismos ojos en los que una vez me había perdido y tú me habías rescatado. Aquella boca que me había susurrado tantas cosas que aún se me erizaba la piel al recordarlas. Con aquellos labios que había mordido tantas veces, con pasión, con deseo, con rabia; pero sobre todo con amor.
Intenté ser fuerte, mantener la compostura. Me había mentalizado a mí misma durante el camino con palabras de ánimo porque no podía volver, no podía volver a permitirme caer. Necesitaba mantenerme distante, que tus enredaderas no volviesen a lastimar mi corazón, un corazón que me temía que ya era tuyo, que desde aquella primera vez te pertenecía. Levante muros a mi alrededor, aun sabiendo que los derribarías sin esfuerzo.
Recuerdo el minuto, el segundo, el instante exacto en el que todo aquel esfuerzo, todas aquellas palabras que había bautizado como mi mantra, se desvanecían. Tu habías vuelto a eclipsarlo todo, sin tocarme, sin sentirme. Pero mi corazón había bombeado como loco mientras te veía acercarte con aquella manera de andar. Como si no pertenecieras a este mundo, como si nadie pudiese tocarte. Me sonreíste como si el tiempo no hubiese pasado, como si nunca nos hubiésemos separado. Pero yo sabía que nada volvería a ser igual, que, aunque mi piel te reconociese, la tuya a mí ya no lo hacía.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ya hay alguien esperándote

Las caras de una moneda