Las palabras se atascaban en mi garganta, peleando con el miedo por salir. Había llegado el momento, lo sabía. Sabía que era hora de decirle todo lo que había callado todos aquellos meses, desde que un día me había levantado viéndolo todo claro, desde que un día todas esas mariposas de mi estómago habían cobrado un sentido. Unas palabras que podían resumirse únicamente en dos, dos palabras que lo abarcaban todo. Pero que a la vez me acojonaban, me daban miedo. Un miedo terrorífico a que fuesen en vano, a que él no lo sintiese, a que todo hubiese sido un engaño de mi cabeza para reírse de mi. Pero aún así sabía que no podía seguir guardándolas, que necesitaba una respuesta, aunque no fuese la que deseaba; pero necesitaba salir de aquel pozo en el que me había visto un día. Un pozo que cada día era más profundo y en el que me ahogaba cada vez más y más.
Él me miraba preocupado porque llevaba un tiempo sin hablar, no podía. Mi cabeza se había mareado ante la expectación dejándome en blanco, pero mirarle a los ojos siempre me ayudó a encontrarme. A perderme con él sin importar nada más. Igual aquellas pequeñas cosas eran las que me habían llevado a donde me encontraba, a sentir lo que sentía, a tener miedo a que terminase por dos simples palabras que significaban un mundo de incertidumbre.
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