Ella se enamoró de él el mismo día que se conocieron. No fue un día especial, era de noche, una noche calurosa de verano, donde los niños salen a jugar a la plaza y los más mayores al parque a hablar de sus aventuras. Ni si quiera llevaba una ropa especial que te hiciese recordarla, pero ella lo hacía, no se borraba esa imagen de la cabeza. La primera vez que le vio, estaba apoyado esperándola en una farola. No supo qué fue, quizá sus atrayentes ojos verdes, como las frondosas arboledas que veía desde su ventana, quizá su arrebatadora sonrisa con aquellos paletos simétricos el uno con el otro. Quizá fue todo el conjunto que formaba aquellas partes, el todo que quedaba al unirlas en una persona, en una imagen. Pero le gustaba, le gustaba lo que veía, le atraía. Le atraía de tal forma que días después, meses después, no se le iba de la cabeza aquella figura.
Ella se enamoró de cada parte que hizo que aquella noche de verano fuese única. La cerveza en un tugurio de mala muerte, el paseo en coche perdiéndose por la ciudad, la despedida en el portal de su casa. El último beso que la acompañó durante días hasta que volvió a verle. Aquel beso que aún hormigueaba entre sus labios, que aún si cerraba los ojos podía notar el sabor de su boca, el calor de sus labios contra los suyos uniéndose.
Quizá fue todo aquello que recordaría durante largo tiempo, o quizá nunca olvidaría. Quizá fue la nada, quizá fue el todo. Nunca lo sabría, pero después de aquel día no dejó de desear que hubiese otro y otro. 

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