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Mostrando entradas de diciembre, 2019

La culpa no fue mía

No era más que un niño bonito, un chico que conseguía que todas las mujeres cayeran a sus pies. Él despertaba miradas allá donde fuese. Nunca creyó que se hubiese fijado en ella, su belleza y su clase la hacían sentir insegura, cosa que el nunca remedió. Ella se calmaba así misma y se torturaba ocultando a los demás aquellos miedos, porque sabía que a él no le gustaban aquellos numeritos. Decía que eran de niña pequeña, que debía comportarse como una mujer. El día que se marchó de su vida con la excusa de que no encajaba en ella, se sintió culpable. Rememoró todos y cada uno de los momentos que habían compartido en aquella tortuosa relación. Se culpó durante mucho tiempo el que aquel hombre ya no estuviese a su lado, creyó morir por tener el corazón roto. Se miraba en el espejo y solo veía todas aquellas faltas que él había ido contando. Se creía desdichada por haberlo perdido, haberlo dejado escapar de entre sus manos por su forma de ser, de actuar, de querer. Un día toda aquella ne...
Ella se enamoró de él el mismo día que se conocieron. No fue un día especial, era de noche, una noche calurosa de verano, donde los niños salen a jugar a la plaza y los más mayores al parque a hablar de sus aventuras. Ni si quiera llevaba una ropa especial que te hiciese recordarla, pero ella lo hacía, no se borraba esa imagen de la cabeza. La primera vez que le vio, estaba apoyado esperándola en una farola. No supo qué fue, quizá sus atrayentes ojos verdes, como las frondosas arboledas que veía desde su ventana, quizá su arrebatadora sonrisa con aquellos paletos simétricos el uno con el otro. Quizá fue todo el conjunto que formaba aquellas partes, el todo que quedaba al unirlas en una persona, en una imagen. Pero le gustaba, le gustaba lo que veía, le atraía. Le atraía de tal forma que días después, meses después, no se le iba de la cabeza aquella figura. Ella se enamoró de cada parte que hizo que aquella noche de verano fuese única. La cerveza en un tugurio de mala muerte, el paseo e...
Las palabras se atascaban en mi garganta, peleando con el miedo por salir. Había llegado el momento, lo sabía. Sabía que era hora de decirle todo lo que había callado todos aquellos meses, desde que un día me había levantado viéndolo todo claro, desde que un día todas esas mariposas de mi estómago habían cobrado un sentido. Unas palabras que podían resumirse únicamente en dos, dos palabras que lo abarcaban todo. Pero que a la vez me acojonaban, me daban miedo. Un miedo terrorífico a que fuesen en vano, a que él no lo sintiese, a que todo hubiese sido un engaño de mi cabeza para reírse de mi. Pero aún así sabía que no podía seguir guardándolas, que necesitaba una respuesta, aunque no fuese la que deseaba; pero necesitaba salir de aquel pozo en el que me había visto un día. Un pozo que cada día era más profundo y en el que me ahogaba cada vez más y más. Él me miraba preocupado porque llevaba un tiempo sin hablar, no podía. Mi cabeza se había mareado ante la expectación dejándome en blanc...

Congelado corazón

El frío calaba mis huesos haciendo que mi cuerpo temblase, pero sabía que no era debido a la llegada del invierno, si no a su ausencia. A la falta de su calor, aquel calor con el que cubría mi cuerpo calentándolo ya no estaba, se había ido. Un día me había despertado y el frío que me había rondado tanto tiempo, había vuelto a mi, a apoderarse de mi cuerpo. Había pasado tiempo y cada día me congelaba más el corazón, ya no sabía si le echaba de menos a él o al calor. Quizá era todo un conjunto, porque sabía que él era el que había hecho que volviese el calor y el que había traído al invierno consigo tras su marcha. Me había dejado en la época más fría, en la que las hogueras ya no calientan como antes, en las que las mantas nunca son suficientes, en la que en unos brazos podías encontrar el bienestar. Se había marchado y ya nada calentaba mis huesos. Había llegado el frío, y con él se congelaba mi corazón.