Adictivo
Habían pasado días, semanas o quizá meses. Nos veíamos poco,
con intervalos muy largos de tiempo en los que me moría por saber de él, pero
nunca contestaba. Hoy era un día de esos, esos en los que me pasaba el día
mirando la pantalla de mi teléfono esperando un mensaje, una señal, algo que me
indicara que todo aquello no era en vano. Que todo aquello cobraría un sentido
con el tiempo. Tenía miedo de admitir que no había un doble fondo, y que todo
aquello era lo único que me podía, o quizá quería, ofrecerme. Me negaba a
verlo, no quería matar las mariposas que se arremolinaban en mi estómago en
nuestras citas. Aquellas citas en las que me llevaba a dar de comer a los
patos, a bailar por mitad de la calle con zapatos de claqué, a comer un simple
helado sentados en cualquier banco de un parque. No hacíamos nada
extraordinario, nada de película con la que mi corazón pudiese confundirse. Pero
aquella sencillez, aquella facilidad que él tenía para hacer que cualquier
cutre plan se convirtiese en único. Único quizá porque nadie me había llevado
nunca a ver los patos o a bailar como niños, pero yo sabía que no era por eso. El
único era él y su manera de vivir. Aquella facilidad que tenía para parecer
inmune a todo lo que le rodeaba, aquel brillo especial en los ojos que tenía
cuando me miraba. Todo aquello era lo que me tenía días mirando el teléfono,
esperando a verle de nuevo. Era como una droga, como un chute de heroína para
un drogadicto con el mono; y es que, yo tenía mono de él. Mono de sus besos, de
su tacto, de sus palabras. Era adictivo, me llevaba al cielo en un segundo,
pero luego la caída era dolorosa. Porque aquellos días en los que no sabía nada
de él, eran dolorosos. No sabía que quería de mí, nunca me dejaba ver más allá
de lo que él quería mostrarme. Pero yo sabía que le quería a él.
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