El príncipe y la princesa comieron perdices, pero nadie nunca se preguntó que había ocurrido con todos aquellos que dejaban atrás. Todos los corazones que latían por ellos sin que nadie lo notase. Como las hermanastras de Cenicienta, que a nadie le importó que las rompiesen el corazón. Como Gruñón que detrás de toda aquella hostilidad su corazón se derretía con Blancanieves. Como el lobo cuando la tierna Caperucita jugó con él.
Todos ellos quedaban destrozados con aquellos finales de cuento. Ellos nunca comerían perdices, y mucho menos tendrían un final así. Habían quedado recluidos como los malos de las historias, como los segundos, los perdedores; pero ellos también tenían corazón. También tenían derecho a su final feliz.
Todos ellos quedaban destrozados con aquellos finales de cuento. Ellos nunca comerían perdices, y mucho menos tendrían un final así. Habían quedado recluidos como los malos de las historias, como los segundos, los perdedores; pero ellos también tenían corazón. También tenían derecho a su final feliz.
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