El aeropuerto


El Aeropuerto estaba bastante concurrido, era la normal cuando grupos de las fuerzas especiales regresaban a casa. Venían de cualquier misión que seguro les tenía en vela los siguientes meses, pero cuando veían a sus seres queridos algo se iluminaba en ellos. Como si todo lo malo se evaporase por unos instantes. Como si todo lo que hubiesen visto en aquellos terribles destinos desapareciese. Miraba a los niños con sus padres esperar en la puerta de salida, estaban entusiasmados por ver a sus progenitores. Yo sonreía por esa felicidad que sentía al verles, pero pronto recordaba que detrás de esa puerta no había nadie para mí. Hacía meses que venía al aeropuerto todos los días. Muchos de los trabajadores de allí, ya me conocían y me miraban con lastima. La misma lastima con la que me miraba yo en el espejo y veía que tu no estabas. Los militares empezaron a salir y las familias corrieron a recibirlos. El espacio se llenó de una atmosfera feliz que a mí me ahogaba, pero era masoquista quedándome allí. Se daban besos, muchos besos. Se besaban intentando calmar las ganas de no haberse besado en meses. Abrazaban a sus hijos como si fuesen su punto de gravedad, su bien más preciado. En ese momento era cuando el dolor de tu perdida me atravesaba. En ese momento deseaba preguntarle al aire dónde estabas, por qué tu no venía en ese avión. Pero sabía la respuesta.
Cuando al fin se despeja el aeropuerto me quedo allí, un día mas, uno menos. Miro por los grandes ventanales a las pistas de despegue y miles de recuerdos acuden a mi mente. Recuerdo la primera vez que te vi. Yo disfrutaba de mis vacaciones aquí, haciendo turismo por el lugar y entonces, me choque contigo. En aquel momento, mi corazón se saltó un latido y tú me sonreíste. Me sonreíste como si lo notases, como si notases aquella electricidad que siempre circulaba entre nosotros. Me invitaste a un helado y no pude negarme. Hicimos turismo, me enseñaste la historia de Manises. Me hablaste de su industria en la cerámica, de lo famosa que había sido desde la Edad Media. Yo te escuchaba como si tu voz me hechizase, y quizás lo hiciese. Me llevaste a ver el Acueducto els Arc, donde días más tarde nos besamos por primera vez. Siempre te recuerdo cuando paso por allí. Caminamos por el El Carmen, tu vivías cerca y me vi tentada a pedirte que me enseñarás tu casa. Era un barrio con historia, con anécdotas, con gente amable que te recibía y te hablaba de la vida, del amor y, del miedo.
Después de aquel primer día recorriendo sus calles, no volvimos a separarnos hasta que tuve que volver. Mis vacaciones habían terminado, pero tú me pediste que no me marchase y me quedé contigo. Me mude a tu casa como si llevásemos una vida juntos, cuando solo nos conocíamos de una semana. Pero el amor que nacía entre nuestros corazones no nos dejaba ir más despacio. Debíamos estar juntos, permanecer juntos. Me hablaste de tu trabajo. Estabas en el ejército, decías que siempre habías soñado con ayudar a la gente, con protegerles. Yo te miraba feliz por haber conseguido todo lo que te propusiste y te animaba a continuar aun con el medio de que no volvieses algún día. Tú me decías que, si alguna vez no quería que te marchases, que no lo harías; pero jamás pude pararte los pies. No podía cortarte las alas, si no animarte a volar. A volar alto.
Recuerdo las primeras misiones en las que me quedé sola mientras él protegía al mundo. Era un héroe, pero no le gustaba que se lo dijese, decía que era su trabajo. El tiempo que estaba fuera de casa, en lugares desconocidos, no dormía. Me pasaba las noches en vela esperando a que volviese, a que apareciese por el caminito de tierra que llevaba hasta nuestra puerta. A veces soñaba que volvía antes y era tan real que salía corriendo hacia el camino. Pero allí no había nada más que oscuridad, una oscuridad que se reía mi por ser tan ilusa, por quererte tanto.
Las misiones siempre fueron un tema tabú entre nosotros. Tu venías destrozado y no querías hablar de lo que había ocurrido allí, y yo no quería verte sufrir. Guardábamos silencio y hacíamos el amor lento. Hacíamos el amor como deseando que nada nos volviese a separar, pero no pudimos evitarlo. Una mañana te llamó tu general, tenías otra misión. Debías ir a un lugar peligroso. Me miraste con el perdón en los ojos, por tener que marcharte de nuevo, pero yo te sonreí, aunque por dentro estuviese llorando. Días después te acompañé al aeropuerto con un nudo en el estómago, tenía miedo. Mucho miedo. Había algo dentro de mí que me decía que no te fueses, que te quedases; pero no podía hacerte aquello. Te montaste en el avión con la promesa de que volverías, pero aún no lo has hecho. Un día me llamaron, habías desaparecido. Te buscaron por tierra y aire, pero nadie te encontraba. Yo les gritaba que no parasen la búsqueda, que tenían que traerte a casa, pero algo dentro de mi sabía que jamás te encontrarían. Más tarde te dieron por muerto. Hicieron un funeral simbólico en tu honor, pero no pude ir. El dolor pesaba demasiado, todavía pesa.
Aquel día la vida murió para mí. Manises ya no me parecía tan bonita como cuando la recorríamos cogidos de las manos, pero aun así nunca me marché. Era lo único que me quedaba de ti. Pasar por delante del acueducto hacía que miles de lágrimas rodasen por mis mejillas. El Carmen ya no me parecía tan bonito cuando la gente cuchicheaba a mi alrededor.
Tras tu perdida me sentía fuera de mí, me sentía incompleta sin ti. A veces, salía a correr para no pensarte, pero acababa en el aeropuerto. Me torturaba recordando la última vez que te había visto, me torturaba pensando en que jamás debí dejarte marchar. Ahora estarías aquí. Me sentaba en una de las sillas y miraba a la gente. Algunos sonreían por quien llegaba y otros lloraban de tristeza por quienes se marchaban, pero ninguno de ellos sentía el dolor que albergaba mi pecho. Ir al aeropuerto se acabó convirtiendo en mi día a día. Siempre estaba allí, mirando las puertas de embarque. A veces cruzaba los dedos porque tu salieses por una de ellas. Me había imaginado tantas veces la escena, que sabía que nunca ocurriría. Jamás ibas a volver. Jamás desaparecería este dolor.
Algunos de tus compañeros se pasaron por casa los primeros meses, pero con el tiempo dejaron de venir. Fingía que me encontraba bien, que el dolor se iba calmando. Pero cuando cerraba la puerta, me deslizaba por ella y lloraba, lloraba durante horas. Te maldecía a ti, a tu trabajo, y a los que te habían separado de mí. Pero luego lloraba aún más por hacerlo, porque te quería, te quería cerca. Mis amigas me llamaban una vez por semana preocupadas, porque desde aquella llamada ya no habíamos vuelto a vernos. No me veía preparada. Ellas me conocían, sabrían que aún no dormía. No podía dormir si no estabas tú al otro lado de la cama. Los médicos me habían recetado pastillas, pero no me las tomaba. No había pastilla que curase esta soledad que sentía en mi interior.
Contemplaba el aeropuerto. Los trabajadores vivían ajenos a lo que mi mente me pedía. A veces les envidiaba, envidiaba que fuesen ajenos a todo esto. Pero entonces, me arrepentía porque sabía que, para no sentir dolor, nunca te tendría que haber conocido y nunca cambiaría nuestro tiempo. Prefería el dolor a no haber probado nunca tus labios. Prefería el dolor a no haberte querido nunca.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ya hay alguien esperándote

Las caras de una moneda