Aquel momento



Los fuegos artificiales acababan de comenzar. Un millar de lucecitas de colores se extendían por el cielo, como una explosión del arcoíris. Ella miraba embelesada como la oscuridad del cielo se llenaba de colores. Sus ojos brillaban a la par que los fuegos. Era una maravilla, no podía dejar de mirarla. Tenía las mejillas sonrojadas por el frío de la noche, pero había insistido tanto con verlos que no pude negarme. Nunca podía negarle nada. Llevaba mi chaqueta puesta y creo que nunca la había visto más sexy. Con la cara llena de reflejos de colores.
La plaza estaba llena de familias, de niños, de jóvenes con vasos; pero yo solo tenía ojos para ella. No quería que aquel momento terminase, sabía que cuando ocurriese la magia se rompería. El momento terminaría, y ya no podría contemplarla. La miraba como un niño mira un dulce, como un adolescente mira a su ídolo, como un pobre enamorado mira a la razón por la que todo cobra sentido. Ese era yo, porque todo cobró sentido en aquel momento, mientras los fuegos inundaban el cielo de miles de colores.

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