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Mostrando entradas de abril, 2019

Con el viento

Siempre había creído que las cosas se las llevaba el viento, que se encargaba de ayudarte a eliminar el dolor. Pero estaba equivocado, desde que te has marchado solo hace que recordarte. Veo cómo se lleva las hojas que caen de los árboles en otoño. Veo como arrastra a la marea trayendo nuevos tesoros. Veo como empuja a las nubes a marcharse. Sin embargo, tu recuerdo sigue atormentando en mi pecho, como si hubiese sido ayer mismo. El tiempo ha transcurrido, el viento ha hecho de las suyas limpiando el cielo y el suelo, ero mi corazón no lo limpia. Aún recuerdo aquella tormenta. El aire soplaba con todas sus fuerzas, chocando contra las ventanas. Pensé que aquel, al fin, sería el día. El día en que me arrancaría el dolor y desaparecería con el viento. En cabio, cada vez que chocaba contra el cristal me susurraba tu nombre. Un nombre que no quería escuchar. Un nombre que me hacía desgarrarme por dentro del dolor que me causaba. Aquella tormenta, la pasé llorando por tu recuerdo, po...
Has vuelto después de todo el dolor que tuve que soportar tras tu pérdida. Has vuelto después de todo el daño que causaste. Has vuelto después del caos en el que se convirtió mi vida. Te fuiste un día sin que nadie te lo pudiese, más bien te supliqué que te quedaras, que no me dejases sola frente a este mundo. Pero te marchaste, te fuiste sin mirar atrás, sin pensar en las consecuencias de tu huida.  No hubo día en el que mi corazón no te echase de menos. Mi cabeza me pedía que siguiese adelante, pero este no quería. Hubo noches en que mi corazón lloraba mientras mi cabeza consolaba un dolor del que tu eras el causante. Aquellas noches, derivaban a días grises en los que más ojeras fueron el mejor complemento para la tristeza que sucumbía en mi interior. Los días se me hacían enteros porque mirase donde mirase, allí estabas tú. Te encontraba en todas partes. En las paredes de la habitación. En los programas del televisor. En las comidas con nuestros amigos. En todas partes. ...

Caer

Hace días que te has ido y yo sigo esperando que vuelvas. Tus cosas siguen como las dejaste, no me he atrevido a tocarlas por si algún día decides volver. Desde tu marcha, las noches se me hacen eternas buscándote entre las sabanas; los días son aún peores. Te veo por todas partes, como si aún siguieses aquí. Como si fueses a volver. Hay días, en los que el viento me castiga susurrando tu nombre, y lloro. Lloro por el dolor que me causa el saber que te he perdido. Dicen que saldré adelante, que no te necesito, pero no entiendes lo que era amarte. Era como tirarse al vacío, pero con la seguridad de que estuvieses para salvarme. En cambio, ya no estás, ya no puedes salvarme; y caigo. Caigo a un vacío en el que todo es oscuro y nadie consuela este dolor. Un vacío en el que no te encuentro.

Tu piel

El mayor deseo de toda persona es viajar, explorar, conocer nuevos mundos, cosas que nos asombren, que nos hagan perder el aliento. Algunos consiguen cumplirlo, hay otros tantos que no, pero luego están los que viajan sin moverse de la cama. Yo entro en ese último grupo. Solo me hacía falta tenerte cerca para sentirme lejos de todo, para sentir que lo imposible era alcanzable, que lo que era difícil contigo era como chasquear los dedos. Aún recuerdo aquella vez, aquel día. Tu y yo. Tu cama, tus sabanas, tu piel. Me hiciste cambiar de galaxia e incluso sospeche que de universo. Solo te hizo falta rozarme, con rozar tu piel yo ya me perdía por el cielo que formaban las constelaciones de tus lunares. Cuarenta y dos lunares. Cuarenta y dos viajes. Cuarenta y dos motivos para ser y estar a tu lado. Nunca olvidare los lugares donde se encontraban, ni mucho menos las maravillas que me mostraban. Nunca me hicieron falta conocer las siete maravillas del mundo porque cada uno de tus luna...

Azul cielo

Allí estaba, subida a una roca que se encontraba en la costa. La observaba todas las mañanas sumergirse en las aguas cristalinas de aquel océano. Deseaba correr hacia ella. Sumergirme en aquellas aguas. Nadar con los peces. Hacerle el amor en la arena y volvérselo a hacer en el agua. Besar su piel tostada por el sol. Cada mañana tenía que convencerme a mí mismo para no salir corriendo a la playa y contemplarla. No la conocía. Nunca la vi fuera de aquella playa, pero cada verano parecía que la trajese la marea y yo me sentía arrastrado, por su belleza, a mirarla. Parecía una sirena de esas de alta mar. Nacidas para hacer perder la cabeza a cualquier marinero y llevarles hasta el fondo del mar donde les devoraban, como yo deseaba devorarla a ella. Hoy era el día en el que había decidido dar el paso y lanzarme. La tenía a tan pocos pasos. Estaba preciosa con el bikini azul cielo y la arena pegada a su cuerpo, como una segunda piel. Me miró y me sentí morir, me ahogué en aquellos ojos del...