Después de que te marchases
Después de que te marchases me
mire al espejo y no reconocí a la persona que me estaba devolviendo la mirada. Sé
que se supone que aquel era mi reflejo, pero no conseguí reconocerme. Estaba cambiada.
La chispa que siempre encontraba en mis ojos ya no lucia con la misma fuerza, a
pesar de que estos seguían inundados en lágrimas. mi reflejo era la viva imagen
de en lo que me había convertido tras tu marcha, una mujer vacía.
Después de que te marchases sonreír
ya no era un hábito natural, ya no me salía. Mis sonrisas se convirtieron en
sonrisas forzadas, me dolían las mejillas de por obligarlas a mantener la
sonrisa. Siempre fui de sonrisa fácil, de reírme con naturalidad por cualquier cosa,
pero hasta eso te lo llevaste con tu huida.
Después de que te marchases me costó
conciliar de nuevo el sueño, ya no dormía plácidamente. Aparecías en todas y
cada una de mis noches, aun no sabría si denominarlos sueños o pesadillas. Tenerte
en sueños, pero no poder tocarte despierta se había convertido en una dolorosa
tortura.
Después de que marchases asumí
que jamás ibas a volver, que esta era mi nueva realidad y no me quedaba otra
que afrontarla. Con el paso de os días aprendí que no debía forzar las cosas,
lo bueno llegaría solo y se llevaría lo malo. Volvería a reír hasta que me
doliese la barriga por no poder parar. Volvería a dormir sin miedo a soñarte. Creía
que tú eras pieza que me faltaba, pero un día sin más, me di cuenta de lo
equivocada que había estado todo este tiempo. No eras ninguna pieza, ya que yo seguía
igual de completa aun habiéndote marchado. Puede que al principio lo viese todo
negro, pero después de haber vivido un tiempo en aquella terrible oscuridad me
di cuenta que un corazón roto se recompone, que aun que creyese que no, me que
equivocaba; entonces en mis ojos aparecieron un millar de gamas de colores
diferentes. Decidí que cada día escogería un color nuevo, no volver a
estancarme en el negro que me había acompañado desde tu marcha.
Después de que te marchases aprendí
muchas cosas, una de ellas que no necesitaba depender de ti para ser feliz, podía
serlo estando sola. De eso, me di cuenta con el tiempo, cuando me hallaba en mi
cuarto sola y empezaba a sonreír, pero de verdad, sin que hubiese nadie delante
para verlo ni motivos. En realidad, sí que había un motivo, yo. Yo era ese
motivo, ¿por qué no sonreír por mí? ¿por qué no alegrarme de a donde había llegado
tras tu marcha? Y eso hice, me alegré por mí, aprendí a quererme como tú no lo hiciste
y me di cuenta de que no debía dejar de hacerlo nunca. Mi madre siempre decía que
si no te querías a ti mismo como te iban a querer los demás; ahora me doy
cuenta de la razón que tenían aquellas simples palabras.
Después de que te marchases volví
a ser yo.
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