Adictivo
Habían pasado días, semanas o quizá meses. Nos veíamos poco, con intervalos muy largos de tiempo en los que me moría por saber de él, pero nunca contestaba. Hoy era un día de esos, esos en los que me pasaba el día mirando la pantalla de mi teléfono esperando un mensaje, una señal, algo que me indicara que todo aquello no era en vano. Que todo aquello cobraría un sentido con el tiempo. Tenía miedo de admitir que no había un doble fondo, y que todo aquello era lo único que me podía, o quizá quería, ofrecerme. Me negaba a verlo, no quería matar las mariposas que se arremolinaban en mi estómago en nuestras citas. Aquellas citas en las que me llevaba a dar de comer a los patos, a bailar por mitad de la calle con zapatos de claqué, a comer un simple helado sentados en cualquier banco de un parque. No hacíamos nada extraordinario, nada de película con la que mi corazón pudiese confundirse. Pero aquella sencillez, aquella facilidad que él tenía para hacer que cualquier cutre plan se convi...