Ese cosquilleo
Ninguno de los dos pronunció ninguna palabra antes de que nos fundiésemos al fin en un beso. Un tierno beso que rozaba la suave piel de mis labios, que casto se acercaba reconociendo mi aliento, probando poco a poco el sabor de mi respiración. Tomándose todo el tiempo del mundo para recorrer cada milímetro de mi boca. Un beso al que le sigue otro más aventurero y provocativo, uno que se apropia de mis labios, como si le perteneciesen, como si fuesen suyos, como si sus labios fuesen míos. Comienza a saborearlos, a acariciarnos, hasta que en pequeños mordiscos su boca hace estremecer a la mía. Su boca recorre mis labios de lado a lado como quien prueba un helado. Entonces, en un instante, se aleja separando nuestros labios, pero no dice nada, no rompe el silencio del coche, me mira y sonríe. Sonríe pícaramente para volver a tomar mis labios, para que nuestras lenguas bailen al son de nuestras respiraciones, que cada vez van más rápido, más deprisa. Mis manos comienzan a perderse ...