El castigo de la Luna
La luz que entraba por la ventana de la habitación iba menguando a medida que el anochecer iba apareciendo. Me parecía mágico aquel hecho que sucedía día si y día también, como el Sol daba paso a la Luna para que fuese ella la que brillase, para que tuviese su delicioso momento. La noche se cernía sobre nosotros con ella como foco principal de nuestros cuerpos enredados en la cama. Las estrellas nos miraban curiosas a través de la ventana, deseosas de saber qué era eso que los humanos llamábamos amor. Ellas habían oído la leyenda del Sol, de la Luna, de los dos amantes que solo se encontraban una vez al día, pero no sabían más allá de eso. Sin embargo, desde allí, desde aquella cama con las blancas sabanas revueltas alrededor de nuestros pies, aprendieron. Nos miraban mientras nuestras bocas se unían en una danza que no perdía el ritmo, salvo cuando el aire nos pedía parar, pero pronto volvíamos a enlazarnos en un Vals. Nos bebíamos el uno al otro con nuestros labios, bebía su am...