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Mostrando entradas de octubre, 2019

volverse a equivocar

El llanto no cesaba, sus amigas no sabían si lloraba por él o por rabia. La rabia de siempre, la puta rabia de volverse a equivocar. De volverse a ver en un juego del que no querían que formase parte. Las lágrimas caían sin parar, mientras que poco a poco su corazón se iba cerrando, alicatando. Ponía unas cadenas para que nadie volviese a entrar, para que nadie volviese a usarlo como una pelota. Se había dicho a si misma que si, que aquel era él, lo que llevaban buscando cabeza y corazón todo el tiempo; pero una vez más el destino o la mala suerte, se habían reído de ella. 

Su silueta

El espejo le devolvía una imagen que no quería ver, una imagen de alguien que no la gustaba, que odiaba. El espejo le devolvía su propia imagen, era ella pero con lágrimas cayendo por sus ojos mientras observaba su cuerpo. Buscaba algo bueno en él, algo que se salvase de las hirientes palabras que había recibido; pero no había nada, no quedaba nada de aquel rayo de luz que siempre había en su reflejo. De aquella chispa de sus ojos, que ahora estaba apagada. No podía ni mirarse sin pensar en él y en sus manos recorriendo su cuerpo minutos antes de las palabras que lo habían cambiado todo. Que lo habían roto todo. Pero aún así, sus pies no se movían del sitio, se habían quedado pegados al suelo obligando a ver aquella imagen, aquella silueta que tanto la habían hecho odiar. Estaba cansada de aquello, estaba cansada de sentirse insuficiente, estaba cansada de darlo todo y no recibir nada. En un arrebato de rabia y de valentía, porque tenía que ser valiente por ella misma, su puño chocó co...
Miro el lienzo que lleva días delante de mí, está en blanco. Miro la paleta de colores, pero todos son grises, oscuros, negros. En ninguno de ellos veo la vitalidad de antes. La vitalidad de antes de que te marchases. Todos los colores que la componían te los llevaste en tus maletas, con tus cosas; con todas esas cosas que me hacían pintar. Solo me dejaste con una triste brocha y esos horribles colores que me persiguen desde entonces.  Miro mis anteriores cuadros, todos tienen colores, todos te tienen a ti. Nunca había creído las historias sobre las musas, hasta que apareciste. Desde aquel día mis cuadros se llenaron de la vida que tú me dabas, de la alegría con la que me llenabas; pero desde tu marcha, todo vuelve a ser como antes. O peor. 

Todas las malditas veces

Se quedó esperando a que el semáforo se pusiese en verde, mientras que él marchaba calle abajo. Alejándose, yéndose. En un ultimo intento por retenerlo corrió hacia él, quería pararle, quería decirle tantas cosas. Pero tenía un nudo en la garganta que la oprimía, que la ahogaba. Las palabras no le salían, mientras veía como se alejaba en la oscuridad de la noche. Era tarde, había perdido la oportunidad de que se quedase, o quizá nunca la hubo. El semáforo cambió de color dejando que los peatones cruzasen la carretera, pero ella no quería cruzar, no quería poner aún más distancia. Se quedó mirando aquel horrible color que la invitaba a irse, odiando todas las malditas veces en las que no dijo nada, en las que se quedó en silencio cuando deseaba que no se fuese. Al final acabó cruzando, dándose por vencida. Era hora de marcharse.