volverse a equivocar
El llanto no cesaba, sus amigas no sabían si lloraba por él o por rabia. La rabia de siempre, la puta rabia de volverse a equivocar. De volverse a ver en un juego del que no querían que formase parte. Las lágrimas caían sin parar, mientras que poco a poco su corazón se iba cerrando, alicatando. Ponía unas cadenas para que nadie volviese a entrar, para que nadie volviese a usarlo como una pelota. Se había dicho a si misma que si, que aquel era él, lo que llevaban buscando cabeza y corazón todo el tiempo; pero una vez más el destino o la mala suerte, se habían reído de ella.